ESTE BLOG ES VUESTRO

Este BLOG os pertenece, es vuestra puerta al mundo de la escritura, es decir al mundo de la vida. Podéis abrir la puerta con suavidad, sin apenas meter ruido. O podéis abrirla de forma escandalosa, llamando la atención de todos. Podéis entornarla un poco, o podéis abrirla de par en par. Cada uno tiene que encontrar su propia forma de llamar a esa puerta, de abrirla, de hablar con los que están dentro o con los que quedan fuera. Parece fácil, pero ese aprendizaje puede llevar toda la vida.
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martes, 5 de abril de 2011

"SERÍA UNA GOLONDRINA": UN POEMA EN PROSA DE SONIA RODRÍGUEZ-BARBERO DE 2º C BTO.

Uno no cree en las revelaciones, ni mucho menos en la telepatía,  pero sí cree en las coincidencias de las que está hecha la vida, de las que están hechos los sueños, de las que estamos hechos los que vivimos y soñamos. Alguien cambia en el último minuto, sin saber por qué, el rumbo, que llevaba, coge una calle distinta y encuentra al hombre o a la mujer de su vida, que de otro modo quizá nunca hubiera tenido la oportunidad de conocer; alguien poco aficionado a la lectura coge, aburrido, un libro abandonado en el banco de un parque, y ese libro cambia su visión del mundo y de sí mismo. Alguien...

Alguien, uno, pensaba justamente esta misma mañana que este Blog "ESCRITORES DE LA SERNA" estaba injustamente abandonado por nuestros escritores, porque casi había pasado un mes desde la última entrada, y esta misma tarde recibimos, gracias a los buenos oficios del profesor Juan Acebes, un precioso texto de SONIA RODRÍGUEZ-BARBERO, de 2º C de Bto., y alguien, uno, no puede dejar de pensar en esas coincidencias de que estamos hechos nosotros, los sueños y la vida.

De estas líneas debe, justificadamente, estar orgullosa SONIABÉCQUER  sin duda estaría orgulloso de ellas. Nosotros también lo estamos de poder darles acogida en este blog.



"SERÍA UNA GOLONDRINA", por SONIA RODRÍGUEZ-BARBERO, de 2º C BTO.

Si fuera un pájaro, sería una golondrina, sería blanca, roja y negra, y Bécquer me habría escrito un poema. Podría volar, sería viento; viento corriendo entre árboles, velocidad en un arranque de aire.

Sería libertad. Podría ser el hilo musical de la vida, de los atardeceres de verano. Donde ahora tengo miedo, entonces tendría valor. Podría dar la vuelta al mundo con solo lo que llevase encima, un corazón que late, alas sanas y un horizonte como dirección. Sería tan fácil dejar atrás esta ciudad, con su tráfico diabólico y sus antenas de televisión en cada tejado.

Emigraría cuando llegase el invierno, para no tener que soportar ese frío que se construye el nido en mi cama, y que, mientras estoy dormida, me picotea los pies. Volaría hacia el sur, y sería la primera en saludar al sol por las mañanas, haría mi ala izquierda unos buenos días, y para despedirme unas buenas noches a la derecha. Me alejaría entre las nubes, y te dejaría a ti con un puñado de miguitas de pan en tierra. ¿Y entonces qué harías? ¿Qué harías, amor, si fuera una golondrina y tuviera que irme al acabar el verano?

- Yo sería Bécquer.


lunes, 7 de marzo de 2011

¿HAS ESTADO A PUNTO DE TOCAR EL CIELO?: UN POEMA DE NURIA BURGUEÑO DE 2º B ESO

!Ay, el amor! No hay tema más universal en la poesía y en la literatura entera, y al mismo tiempo nada tan íntimamente personal, porque todos vivenciamos ese sentimiento de manera indefiniblemented distinta. Por eso los poemas de amor parece que se dirigen a todos, pero hablan a cada hombre y a cada mujer de manera tan íntima que se hacen propios e intransferibles.

No importa que la emoción expresada por NURIA BURGUEÑO proceda de la experiencia personal o de la imaginación -ya hemos dicho que dentificar el "yo lírico" del poema con el autor es tan abusivo como identificar al autor de una historia con quien la narra-, lo importante es que esa emoción parezca auténtica y que refleje un sentir que aun siendo personal llegue a los demás. Creemos  que NURIA BURGUEÑO lo logra en este emotivo poema.




¿HAS ESTADO A PUNTO DE TOCAR EL CIELO?, por NURIA BURGUEÑO de 2º B ESO

¿Has estado apunto de tocar el cielo?

No podía explicar lo que yo sentía
Era una especie de dulce sinfonía.
No podía soportar esa armonía
y que en el cielo yo una luz veía;
pero me dí cuenta de que una era más grande que las demás.
Y sentí que yo te amaba aún más,
esa estrella eran tus ojos marrones,
yo no podía soportar más presiones.

Y ahora te haré una pregunta,
¿Has estado a punto de tocar el cielo?
Yo sí, aquel veintitrés de diciembre en el que tus labios besaba,
y aún sentía que tú me amabas.
¿Has estado a punto de tocar el cielo?
Yo sí, cuando tus labios de caramelo rozaba.
La distancia se llevó todo lo que quedaba,
no hubo más amor,
pero sí una vocecita que me atormentaba,


¿Cómo poder explicar una relación acabada?
Con lo que yo tanto te amaba...
¿La distancia es la culpable?
No, eres tú, que sin duda,
no eras demasiado amable.
Yo tenía una venda en los ojos, pero...
¿Has estado a punto de tocar el cielo?
Yo sí, cuando tus labios de caramelo rozaba.
¿Has estado apunto de tocar el cielo?
Yo sí, aquel veintitrés de diciembre en el que tus labios besaba,
y afortunadamanete, sentía que aún tú me amabas.

domingo, 6 de marzo de 2011

"LAGRIMAS POR AQUEL PRADO SOBRIO": UN RELATO DE JORGE GARCÍA IZQUIERDO, DE 2º C BTO.

JORGE GARCÍA IZQUIERDO es hasta ahora -fuera del Concurso de Microrrelatos, en el que él también consiguió el 2º premio de su categoría- el único alumno de Bachillerato que ha publicado en nuestro Blog. Solo por eso ya se merecería nuestro “eterno agradecimiento”, porque pocos empeños son tan difíciles y están tan condenados al fracaso de antemano,  como el de conseguir que los alumnos de Bachillerato escriban en “Escritores de La Serna”. Jorge en su momento publicó un poema y hoy nos trae un relato de género que tiene un estilo paródico que le da un interés añadido.



"LÁGRIMAS POR AQUEL PRADO SOBRIO", por JORGE GARCÍA IZQUIERDO, de 2º C BTO:



Al salir de la ducha mi pelo húmedo manchaba de agua mis manos, me sequé en cualquier sitio, debía estar sobrio. El traje negro de los domingos estaba ya preparado y dispuesto sobre la cama de manera que las arrugas no interactuasen al menos esa tarde en ningún problema añadido, la imagen es lo primero, ¿no?

Ya vestido con el traje miré y después de ello volví a mirar que no hubiese ninguna arruga, ni ningún desperfecto. Fácilmente encontré mis calcetines y zapatos también negros, los guantes y la bufanda se resistieron más, pero sin prisas pude salir de casa tal y como tenía planeado.

Mi coche estaba preparado esperándome en aquella plaza de garaje en la que le había encasillado el día anterior. El ruido del motor rugía con fuerza y me dispuse por fin a comenzar mi ruta. Decidí poner música clásica de fondo, el evento no era el adecuado para otro tipo de música, ¿qué pensarían de mí si por un lado tuviese preparadas mis lágrimas del momento y por otro soltase mi cabeza a desmelenarse con unos acordes de lo más estruendoso? Ni la guitarra eléctrica, ni la batería, ni aquellos agudos vocales que tanto solía imitar en otras ocasiones concordaban para nada en esta.

En la autopista tan sólo estaba yo y centenares de vehículos más; sólo se oían los pitidos producto del cabreo de los atascos con gritos y algún improperio que otro soltado por bocas sin clase ni educación. ¡Malditos aquellos que hablan y dicen aquellas cosas! ¿No se dan cuenta que voy a un lugar serio? La autopista era larga y dura, un antipático asfalto nos obligaba a caminar sobre él. Es totalmente inútil pensar que vamos a llegar a tiempo si aquellos que siguen lanzando improperios continúan en la misma senda de aquellas personas quienes no lo hacemos. ¡Es bastardo el asfalto por dejarles caminar de la misma manera que yo!

El desvío que había que realizar era sencillo, sin complicaciones. Pronto vislumbré aquel edificio que antes me indicaron; era tal y como lo había imaginado. Su planta rectangular y de una sola altura iba acompañada de su lógica sobriedad y quietud que debía representar. Sin niños gritando, jugando o corriendo se asumía una tranquilidad absoluta perfecta para aquellas ocasiones. Los colores con los que estaba pintado el edificio no eran muy vivos, todo lo contrario, parecían difuntos como los que albergaba dentro, parecían cadáveres que querían que te unieses a su mundo tenebroso, te lo pedían de una forma sin igual, escandalosa y denunciable. Los grises de la fachada se aliviaban un poco con el color crema que había en las salas. Todo aquel ambiente hizo que volviese a añorar a los gritos de los niños correteando por entre las personas; todo aquel ambiente dejó de ser tranquilo, te transmitía una angustia al compararte con aquellas figuras de cera a las que dibujaban sonrisas y vestían de gala, angustia del vivo a no serlo, sobre todo angustia por esos colores deseaban tu muerte y que, por lo menos a mí, te llevaban a su terreno en una muerte del vivo o en una viveza de la muerte de lo menos entrañable.

Alrededor de allí no había grandes construcciones ni grúas desmontando a toda una señora naturaleza, aquel paraje todavía era respetado; daba la sensación de que el ideario de todo ello, sea cual sea, quería que la multitud de lágrimas que allí se arrojasen no se evaporasen por culpa del sol, para ello nació una muchedumbre de árboles que con su copa protegían del calor a la tristeza y de la evaporación al llanto. Al mismo nivel que los árboles se evaluaban los arbustos por allí repartidos; las verdes hojas de todos ellos ofrecían una armonía que no se podía romper. Estos vegetales aportaban viveza y asombro a pesar de su armonía en cuanto a la sobriedad con el edificio a aquel paisaje que todos mirábamos alguna vez por la ventana por su llamativa calma y tranquilidad ante los aparentes extasiados corazones de los que allí nos encontrábamos; transmitían más viveza que los vivos que allí casi estaban muertos y resistían al envite de aquellos muertos que todavía pretendían estar vivos. ¡Ah! Me dejo lo más importante, el resto, el prado, el césped en el que el viento soplaba sin fuerza y en el que se vigilaba atentamente el empuje de las nubes poderosas de aquellas fuerzas divinas que hacen llover, tronar o nevar.

No era precisamente un festejo lo que habían ido a ver y a presenciar las personas allí reunidas; pero el ritual siempre era el mismo, mirar al suelo poniendo cara de tristeza como si tú te estuvieses descomponiendo tanto como el cadáver, sin llorar sacar un pañuelo pasarlo por tus ojos de manera que todo el mundo ya se ha enterado de que lloras por el difunto, de que eres el más triste en una lucha sin comprensión alguna.

Llegué por fin a la sala en la que se encontraba el muerto al que yo sí lloraba de verdad tras pasar por miles de lloros, por crematorios y por pasillos inconmensurables para la paciencia humana. En las paredes tan sólo había un cuadro de una planta depositada en un jarrón; tenía colores ocres y menguantes de ánimo; la planta tenía unas flores que carecían de esencia, de alma, de espíritu, de color blanquecino tenían las pretensiones de pasar desapercibidas en concordancia con la esencia sin esencia, con el alma sin alma y con el espíritu sin espíritu de aquella tortuosa sala. Acompañando al cuadro se encontraban dos sofás azules bien acolchados, uno de dos plazas y el siguiente, separado por una pequeña mesa negra, de una. Unas cuantas sillas (no las conté) finalizaban los asientos en aquella sala.

Varias decenas de personas se agolpaban detrás de un cristal en el que se encontraba el féretro bajo una gran cruz religiosa moralista. La cruz vigilaba acechante a los presentes, pero sobre todo al difunto debía quedarse allí muerto para siempre, para el resto de los tiempos un trozo de huesos estaba condenado a desaparecer y el resto de los presentes estaban condenados a llorarle, a condenarle a aquellos cielos en los que él nunca eligió estar, a recordarle de manera tan idílica como surrealista; su muerte nos condenó a todos a encontrarnos allí ante el final de todo, ante la despedida de la vida y a la vez ante la despedida de la muerte, antesala final de la vida.

La viuda, la condesa, lloraba en una de las dos plazas del sofá grande, sus piernas necesitaban descansar. ¡Había tenido tantos invitados esa tarde! Me acerqué a ella sigilosamente intentando que no recordara demasiado para darle el tradicional pésame, ``te acompaño en el sentimiento´´ la dije. Me dio las gracias típicas también de la tradición y de la mentira; tradiciones y mentiras que no cambiarán nada: el polvo seguirá siendo polvo y el cráneo seguirá siendo solamente eso, un cráneo.

Había también algunos familiares rezando, deleitando a su fe y a su espíritu con oraciones por el alma del difunto mandándole una y otra vez al cielo. Obvié su presencia y ni siquiera me acerqué a ellos; ellos tan sólo se acercaban a ellos mismos con esas palabras, la muerte no revuelve lo ya muerto, sólo lo descompone y desfigura para siempre, sin palabras ni intenciones.

Fui obviando poco a poco a todos y cada uno de los allí presentes, en el fondo de mis sentimientos algo había que deseaba que aquella caja se abriese y me volviese a dar los recuerdos por los que allí me encontraba. Pero no, yo no. Yo no estaba ahí para hacer el papel de toda aquella gente, no creía ni en palabras ni en oraciones, sólo creía en mí mismo, pero el otro YO de mi ser se acababa de disolver en las estepas por un simple paro cardíaco; aunque el motivo es lo de menos lo que importa es el resultado. Aún así mi lado racional, que es quizás demasiado grande, veía toda esa situación reprochable a la humanidad y a todos los que han ido conformándola: soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo por unas cuantas tierras que acabarás vendiendo por menos dinero; soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo sin haber soltado nunca antes una delante de aquel pobre rico que ya no se podía defender; soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo por aquello de lo que nunca se dice que se suelen soltar. Las pasiones que tantas veces había vivido con él se magnificaban allí delante de aquella viuda que por cada lágrima que soltaba más podía casarse con un joven y apuesto por su virtud de condesa, joven y apuesto que le dará todo aquello que no puede dar el dinero. Los poemas de Jorge Manrique sobrevolaban la sala con un halo de paisaje, siempre sobrio, un halo de pasión y un halo de hombre muerto.

miércoles, 9 de febrero de 2011

"UNA VIDA. UNA PASIÓN": UN RELATO DE ISABEL GONZALO, DE 3º B ESO

Está claro que a ISABEL GONZALO le gusta escribir. Está claro también que sabe cómo hacerlo. En este blog ya hemos tenido más pruebas de ello. El protagonista de este relato es un pintor, pero la pintura es para él algo más que un pasatiempo, algo más que una forma de ganarse la vida, algo má, incluso,s que un arte:  una forma de vivir, una pasión. De que escribir es también una pasión para ella  nos da muestras  fehacientes ISABEL GONZALO.



"UNA VIDA. UNA PASIÓN." por ISABEL GONZÁLO

Al fin había llegado a lo alto de esa pequeña montaña que se veía desde el albergue en el que me hospedaba.Nunca habría imaginado que tan bello paisaje se encontraría cerca de mí.

Siempre iba con mi trabajo encima. Aunque más que mi trabajo… lo calificaríamos más como… mi pasión.

Mi pasión por el arte de la pintura.

Desde pequeño me ha gustado pintar, y ahora ya a mi edad soy un excelente pintor reconocido en toda España. Mis obras de arte, no habían gustado por si estaban bien o mal pintados. Habían gustado por todo lo que transmitían.

El dolor en los paisajes desolados, alegría en las pinturas más coloridas. Pero sobre todo. Lo que más gustaba, era que parecía como si estuvieras viendo el lugar que había pintado. Todo tan realista… que parecía un cuento. Tan maravilloso como nunca habías imaginado.

Me gustaba transmitir todo lo que yo sentía al ver los paisajes a mis observadores. Quería que lo vivieran. Que sintieran todo lo que la naturaleza nos transmitía. Que no se perdieran nada.

Tras admirar el paisaje y sentir todo la paz que parecía transmitir un lugar tan precioso, decidí bajar hasta una llanura que había cerca.

En seguida un olor a flores silvestres llamó mi atención. Flores de todos los colores. Tan parecidas y a la vez tan distintas.

El sonido de los pájaros sobrevolándome. Cada animal siguiendo el río de su propia vida en el bosque próximo a mí.

Necesitaba hacerle llegar a todos aquellos que no podían contemplar tan maravilloso lugar toda la calma que me llegaba con solo aspirar una bocanada de aire.

Preparé hasta en el más mínimo detalle los colores que necesitaría. Todo tenía que estar perfecto. Cada color en sintonía con otro. Todo tal cual lo estaba admirando yo ahora.

Ya al estar todo listo. Me senté justo detrás del espacio florido, y respiré profundamente para ser uno con la naturaleza. Para fundirme con ella. Me grabé en la cabeza cada imagen, cada sonido, cada olor…

Todo era importante al pintar.

Me gustaba enseñar en mis obras, sobretodo a los más pequeños, que las cosas importantes no tienen porque ser algo que tus padres te compren por capricho, sino que te las puedes encontrar en cualquier lugar.

Solo tienes que aprender a mirar por ti mismo. A sentir lo que los demás o las cosas te muestren, y saber interpretarlo. Al igual que yo lo interpreto en pintura. Todo aquello, que yo había aprendido primero, quería enseñárselo a los demás.

Cuando ya estaba todo listo. Empecé a pintar.

Primero el fondo, el que en esta ocasión iban a ser unas montañas nevadas al atardecer. En ellas se podía apreciar el color grisáceo desde la falda de la montaña hasta un poco más arriba de una llanura que se podía observar desde mi lugar.

Cuando termine, les añadí a los picos el tono blanquecino de la nieve en esta época del año y a esta hora.

Aunque mucha gente pensara que la nieve siempre era igual. Se equivocaba. Depende de la época del año y de la hora del día, se puede ver que la nieve es más oscura según cae la noche, o más brillante según sale el sol.

Hasta el más mínimo detalle es importante a la hora de pintar.

Ya terminando de dar las últimas pinceladas a las montañas, me puse a estudiar el pequeño bosque cerca del lago que se encontraba justo en el centro de toda la naturaleza.

En él bosque, podía distinguir los pinos, los abetos, los robles y los frutales. Todos en armonía entre ellos.

También podía distinguir algún que otro ciervo que se dejaba ver entre los árboles. O las ardillas y pequeños búhos que ya se dejaban ver al estar cayendo la noche. Dibujé cada uno de ellos. Todos serían parte de mi obra, al igual que yo era parte de ellos al ser uno con la naturaleza al pintarlos.

Cada tronco, cada copa, cada flor, cada color. Todo, pero absolutamente todo. Representaba algo importante para ese bosque. Y, para mí, si es parte del bosque cada detalle, también tenía que ser parte de cada persona que lo contemplara.

Si le quitara los detalles, por lo más mínimo que sea, el bosque perdería su belleza, su paz, su armonía… El bosque… ya sería como cualquier otro.

Cuando terminé de pintar un pequeño búho que comenzaba el vuelo en el instante que le vi, repase que todos los detalles estuvieran bien, y pasé a lo siguiente que tenía que pintar. El lago.

Un precioso lago con el reflejo del atardecer. Una imagen que cualquiera que supiera apreciarla le gustaría poder ver. Alrededor del lago había variedades de hierbas y de flores, así que no me podía dejar nada fuera y antes de empezar con el lago y sus detalles empecé primero por su alrededor. Había rosas, violetas, amapolas, tulipanes… Muchas clases de flores. Todas brillantes y resplandecientes.

También había malas hierbas, que también tenían su toque de belleza. Hierbas medicinales, muy útiles y a la vez muy frágiles. Y las hierbas de toda la vida, las normales. No sirven de mucho junto con las malas hierbas, pero… forman parte de la naturaleza y de su curso durante la vida. Así que son igual de importantes como cualquier otra.

Y ya me puse con el lago. Hasta las pequeñas olas que se formaban por el soplo del suave viento era importante para darle vida en un cuadro. Cada brillo por la apuesta de sol era importante. Cada onda que salía al moverse un ser vivo acuático muy cerca de la superficie.

Todo servía para vivirlo. Ya a la derecha de este lago, y la derecha ya de mi cuadro se encontraba una bonita casa de madera.

Por la chimenea salía humo, lo que me decía que ahí vivía gente. Cada color de la fachada era precioso y único. Se veía las ventanas abiertas, y las cortinas violetas clarito ondeando al son del suave viento. Cada baldosa que llevaba a la puerta cubierta de musgo era bonita en este entorno.

Las personas que viven ahí ya estaban acostumbrados a la naturaleza. Había una persona tumbada en un banquito a las afueras de la casa. Contemplando las nubes cada vez más oscuras mientras se acercaba la hora de que cayera la noche. Tenía una espiga de trigo en su boca, seguramente del trigal que tenía cerca de su casa, y tenía los ojos entornados.

Lo miraba mientras leopintaba. Cada facción de su cara. Cada textura de su ropa. Cada detalle. Todo perfecto, para muchos, en un simple cuadro.

La noche caía cada vez más rápido.Los animales de la noche ya estaban fuera. Y nuevos olores y sonidos llenaban el aire. Se podría describir, como un mundo nuevo.

Ya sólo me faltaba el cielo con el atardecer de fondo y las nubes oscurecidas más cerca. Y las flores donde estaba sentado mientras pintaba en el suelo de la llanura desde donde contemplaba todo el paisaje. Las flores iban desde las más exóticas a las más comunes. Todas juntas formaban una extraña combinación, que a la vez le daban a la llanura un toque mágico. Un toque… especial.

Estaba terminando de dar los últimos retoques, cuando la luna empezó a hacer su aparición en el cielo.
Era tan bonita reflejada en el lago junto con miles de estrellas que eran el reflejo de nuestros sueños. Todas y cada una de ellas, especial para alguien. Esencial.

Era una noche perfecta para el paisaje.

Las montañas al fondo ya no se veían casi. El lago, gracias a la tenue luz de la luna, reflejaba todo lo que había tanto a su alrededor como por encima. Y los animales ya hacían acto de presencia en los bosques y entre las flores.

Me tumbé en el pasto a contemplar las estrellas, y vi una estrella fugaz a la cual pedí un deseo. Un único deseo, pero a la vez tan importante…

Un deseo. Un sueño. Una vida. Una pasión…

martes, 11 de enero de 2011

LORENA MONTESINO, DE 2º E ESO NOS LLEVA A UN PUEBLO SUPUESTAMENTE ABURRIDO

LORENA MONTESINO, de 2º E ESO, nos regala la historia de Judit a la que una decisión de su madre lleva al pueblo de su abuela, donde no encuentra el aburrimiento que temía sino una inesperada aventura. Una historia sencilla pero bien contada, con un ritmo ajustado del principio al final, que demuestra que no es necesario viajar a lugares exóticos para encontrar el riesgo y la sorpresa




EL PUEBLO DE LA ABUELA,  por LORENA MONTESINO

Judit no podía creerlo: ¿Era ella la que iba montada en aquel autobús, lleno de ancianos, rumbo a un pueblucho minúsculo y prácticamente deshabitado? Sí, era ella. Aquella misma mañana, su madre la había dejado en la parada del autobús, con una bolsa de deporte con ropa y la palabra en la boca. Su madre le había dicho que no aguantaba más sus historias, sus ganas de inventarse cosas y los pájaros que tenía en la cabeza, y la había mandado todo un mes de julio al pueblo con su abuela, mientras los padres se iban a la playa.

Tras estar sumida en sus pensamientos, odiando a su madre, Judit llegó al pueblo. No se dio cuenta de que esa era su parada y, al enterarse se levantó corriendo para decírselo al conductor.

Judit cogió la mochila y bajó del autobús. Anduvo sola hasta llegar a la plaza del pueblo. "Ya, ni tengo abuela", pensó mientras llegaba a la casa. Tocó el timbre, pero ni siquiera la abrió nadie. Probó suerte a abrir la puerta, por si estaba abierta. Como si se abrió, entró y dejó sobre una mesa las cosas. Como no tenía nada que hacer, fue al aparador y cogió las llaves del patio. Fue hasta allí y abrió la puerta. Allí estaba su bici, su único entretenimiento en el pueblo. La cogió, llenó la cantimplora, se hizo un bocadillo, cogió la crema solar y le puso una nota a su abuela para decirle que se iba al bosque de excursión.

Se montó en la bici y comenzó a pedalear. Perdió la noción del tiempo y, cuando se dio cuenta, ya era la hora de comer. Llegó a una cuevecilla y allí se sentó. Cuando terminó el bocadillo, oyó algunas veces que parecían venir del interior de la cueva. Judit puso la oreja en la pared para oír mejor, pero lo que oyó no le gustó nada: se oían gritos y golpes. Judit pensó que era una discusión, así que decidió irse. Se montó en la bici y, cuando no llevaba ni diez minutos montada, se cayó al suelo. Pensó que había tropezado con una piedra o alguna planta, pero cuando se levantó no había nada que hubiese impedido el paso.

Oyó un crujido y al darse la vuelta vio a un hombre alto, delgado y con un rostro enfadado. Judit se quedó paralizada y no supo qué hacer. El hombre se acercó a ella y la cogió del brazo.Judit manoteó poara soltarse y, de  repente, se despertó en una estancia oscura y húmeda. Hacía mucho frío y ella no se acordaba  por qué estaba allí. Entonces oyó pisadas y alguien abrió la puerta. Era el mismo hombre que antes había estado detrás de ella. "¿Dónde estoy?", le preguntó Judit, "¿Quién eres?

El hombre no dio respuesta, tan solo cogió a Judit por el brazo y la levantó. Salieron por una puerta y, al ver lo que allí había, Judit comenzó a entenderlo todo: había millones de cajas llenas de objetos de valor y dinero. Judit se dijo a sí misma que había que salir de allí. Decidió enfrentarse al hombre. Le dio una patada y, al pillarle desprevenido, el hombre la soltó.

Juditr salió corriendo y como no sabía dónde ir, fue hacia la habitación más próxima. Cerró la puerta y abrió la ventana. Por suerte, estaba lo suficientemente baja para poder saltar. Salió por la ventana y se encontró la bici fuera. Se montó y pedaleó hasta llegar al pueblo.

Una vez allí, fue a la comisaría y lo contó todo.. La policía fue hacia donde Judit había dicho, ya que llevaban mucho tiempo detrás de esos ladrones. A Judit la llevaron al hospital, ya que tenía una herida en la cabeza y había que curársela. Después, de camino a casa, vio cómo los policías llevaban detenidos al hombre y a dos mujeres más.

Al llegar a casa y abrazar a su abuela, se dio cuenta de que no se lo pasaría tan mal en el pueblo.

lunes, 10 de enero de 2011

UNA HISTORIA MEDIEVAL: UN RELATO DE CRISTINA ZAZO MUÑOZ, de 3º B ESO

Un trabajo escolar, al hilo del estudio de la Literatura en la Edad Media, le sirve a CRISTINA ZAZO MUÑOZ,  escritora bien conocida por los lectores de este blog, de 3º B ESO,  para contarnos una historia ficticia pero verosímil. La autora nos abre una ventana narrativa por la que podemos asomarnos a una estampa intimista, pero llena de dramatismo, de la vida en un monasterio medieval. El despertar al amor de Amara nos insinúa  un futuro más esperanzador...pero esa ya es otra historia.



HISTORIA DE AMARA , por CRISTINA ZAZO MUÑOZ

Era de madrugada. Sor Agalia se dispuso a ir a la pequeña iglesia del monasterio a rezar como cada día que se desvelaba, pero la monja frenó en seco en mitad del pasillo. En un rincón, en la penumbra, un bulto inerte sobresalía de las sombras. Sor Agalia dudó. ¿Debería acercarse? No lo creía conveniente. Aún así, oyó un suspiro y vio algo moverse, por lo que no pensó lo que hacía: se aproximó e iluminó con la vela para poder ver mejor. La monja quedó aterrorizada. El cuerpo de una joven yacía en el suelo, cubierto de sangre. No podía comprobar si seguía viva.

De todos modos no le hizo falta. No estaba muerta: respiraba dificultosamente, oía su lenta y apurada respiración, y vio, en las manos de la joven muchacha, una pequeña silueta. La joven abrió la boca intentando hablar. Sor Agalia le oía, entre sus susurros y su espesa respiración, rogarle. Le pedía por favor que cuidara de lo que quiera que fuese aquello. La monja, asustada, se preguntaba qué era lo que a la muchacha la importaba tanto.

De repente, el bulto de sus manos se movió. Sor Agalia lo cogió y al descubrirlo se dio cuenta: era un pequeño bebé, recien nacido, cubierto de sangre y todavia con el cordón umbilical unido al de su madre. Entonces comprendió. En aquel momento, la muchacha expiró su último aliento, con una palabra casi inaudible: "Amara".

La monja se compadeció de ella. Debía de haber sido un parto duro y terrible, no se explicaba cómo lo había pasado entero sola, así que le cerró piadosamente los ojos a la chica. Después hizo que se diera una misa en su memoria, aún sin saber su nombre, y acogió a la pequeña Amara en el convento, para cuidarla.

Cuando Amara hubo cumplido los dieciséis años, era una muchacha bella, la viva imagen de su madre. Sor Agalia no la había criado para ser monja, siempre había sido una muchacha alegre y risueña, como un pajarillo. Así que por primera vez, la dejó salir del convento, para ir al mercadillo anual que se celebraba en la villa. Amara lo miraba todo con interés. Un muchacho captó su atencion, y en ese momento entendió por qué sor Agalia no quería que fuera una monja. El muchacho la miró, se acercó y... eso ya es otra historia. 

miércoles, 1 de diciembre de 2010

UN RELATO DE CRISTINA ZAZO, DE 3º B ESO, SOBRE LA AMISTAD RECUPERADA

A veces las mejores cosas, las que de verdad importan, como la amistad, sólo se valoran de verdad cuando se pierden. Quien ha perdido un verdadero amigo siente esa pérdida como algo irreparable y no siempre la vida ofrece una segunda oportunidad.

Uno de los mejores analistas del corazón humano, el francés Jean de la Bruyere,  ya decía que la amistad no puede llegar muy lejos cuando los amigos no están dispuestos a perdonarse mutuamente sus pequeños defectos.  Afortunadamente, los dos protagonistas de este relato descubren a tiempo esta verdad. Afortunadamente, también, CRISTINA ZAZO, una de las escritoras de La Serna más capaces de expresar emociones con la autenticidad de lo vivido, nos ofrece la oportunidad de leer esta historia de amistad recobrada.



MEJORES AMIGOS PARA SIEMPRE, por CRISTINA ZAZO

Llevaba todo el día encerrada en mi habitación, pensandoerrando mi cara en la almohada para que nadie oyera mis sollozos. Era un sábado lluvioso y triste, pues el día anterior había discutido con mi mejor amigo. Tenía muchos amigos, pero ninguno como él. Me entendía, me apoyaba en todo, me alegraba cuando lo necesitaba y, lo más importante, podíamos ser sinceros el uno con el otro. El viernes me llevó la contraria por primera vez, cosa que no me gustó, y, al creer que yo llevaba razón, me enfadé y le grité. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Lo que más me dolía era que podía perderlo por mi error, por mi culpa.

Había llegado a mi casa y le había pedido a mi madre que no entrara en mi cuarto. Me había encerrado, me tiré en la cama y allí seguía un día después. Mi madre llamaba a la puerta, ofreciéndome algo de comer, pero yo lo rechazaba, pues tenía un nudo en el estómago que me impedía probar nada. Me armé de valor y cogí el teléfono. Marqué lentamente de memoria cada número, hasta que completé el de su casa, y pulsé el botón de llamar. "Diga?", respondió la voz de su hermana. "Hola, soy Marta, ¿está por ahí Marcos? Mi voz se quebró al pronunciar su nombre, pero la hermana no pareció notarlo. "No, salió hace un rato con su amigo, me dijo que volvería tarde. ¿Le digo que has llamado? Mis ojos rojos volvieron a relucir, encharcados, y las lágrimos volvieron a rodar por mis mejillas para ir a psarar a la almohada de nuevo. "No, no, ya le llamaré." Ella soltó un "vale, hasta luego" y yo colgué, pues ya no podía articular palabras.

¿Cómo podía ser que después de tantos años estando tan unidos, después de todo lo que habíamos perdido... él estuviera con un amigo, tan feliz, mientras yo lloraba? Pasé un rato abrazada a la colcha, pensando en todo lo que habíamos pasado y que a él le había costado tan poco olvidar. Salí de la habitación procurando que no me vieran, fui a la cocina a beber agua y comer algo, un poco más tranquila.  Estaba sentada con una magdalena y una botella de agua cuando llamaron a la puerta. Pensé que sería la vecina, que vendría a cotillear con mi madre como cada sábado, pero... Mi madre me pidió desde el salón que yo abriera. "¿Con estas pintas?", pensé. Al final me levanté y abrí.

Al principio sólo puede ver un osito de peluche, que tenía un corazón entre las manos en el que se leía "MEJORES AMIGOS PARA SIEMPRE" y una postal, de gran tamaño también, que llevaba un "LO SIENTO". Y allí estaba él plantado en el rellano, con las manos en la espalda. Sólo alcancé a darle un gran abrazo y a gritar "lo siento" como una loca. "¿Mejores amigos?, pregunté yo. "Para siempre", contestó él.

martes, 30 de noviembre de 2010

LA VISIÓN AMARGA DE LA NAVIDAD DE MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, DE 4º A ESO

En estos desapacibles días otoñales en que ya se ha colado hasta los huesos el frío del invierno, la Navidad se acerca imparable a pasos agigantados. Primero se insinuó en las estanterías  de las tiendas, donde ya los turrones y mazapanes han invadido el espacio disponible; luego aparecieron  los juguetes reclamando la atención de los niños y el nerviosismo de  los mayores; poco queda para que hagan su entrada triunfal los villancicos,  cuya música a veces pegadiza y con frecuencia ramplona nos perseguirá entre compras y fiestas, en todas partes y a todas las horas del día y de la noche. 

Si entre tanto disparate consumista y tanta alegría planificada y publicitaria hay tiempo para la espiritualidad, sea la que sea, y para el recogimiento, es una díficil pregunta que tendrá que responder cada uno de nosotros. Nos quedan, por fortuna, las vacaciones y quizá el consuelo reparador de algún premio de la lotería. Nadie le hará ascos si viene.

Pero no es de esa Navidad de la que nos habla el relato de MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, o mejor dicho, sí nos habla de ella,  pero como un telón de fondo ante el que sitúa una acción difícil de enmarcar en un género definido, aunque la pistola que enarbola la narradora protagonista permitiría clasificar la historia en el ámbito de la  la "novela negra". Se nos ocultan hechos y motivaciones, o sólo los conocemos a medias por el comportamiento o las palabras de los personajes. El relato, pleno de lo que se denomina "atmósfera", más que inacabado, queda abierto para que el lector lo desarrolle en su imaginación. 



AMARGA NAVIDAD, por MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO

Me abroché el botón más alto de mi abrigo. Las calles de Madrid estaban repletas de gente sonriente y feliz, las luces de Navidad brillaban más que nunca...y hacía un frío horrible. La Navidad, en realidad, siempre me ha gustado, pero aquella noche la detestaba. Iba en busca de algo...de alguien, pero la Navidad me lo impedía. Sus luces brillando por todo Madrid me cegaban y no distinguía bien los rostros de las personas. Y además tanta gente me agobiaba y no me dejaba pensar con claridad. El frío, con sus arrogantes manos, comenzaba a tocar cada uno de los huesos de mi cuerpo.  

Caminé más rápido, puesto que necesitaba estar en la Puerta del Sol a medianoche. Seguí buscando entre los rostros de las personas. El rostro que yo buscaba era moreno, con algo de barba, y con unos grandes ojos castaños que quizá reflejasen la tristeza y el miedo a la pérdida. Pero entre la gente sólo encontraba rostros felices, llenos de alegría. "La vida es injusta", pensé. Que hubiese tanta gente feliz mientras que yo estaba en ese estado de inquietud, verdaderamente no era justo. Pero la vida es dura y hay que afrontarla con la cabeza bien alta. ¿Cómo, si no, habría llegado hasta este punto?

Mis pasos, poco a poco, me estaban llevando a mi destino. Me levanté la manga del abrigo y miré el reloj plateado que Lucie, mi hermana pequeña, me regaló. Las doce menos cinco. Debía darme toda la prisa del mundo, así que empecé a correr. Me recordé a mi misma que esto lo hacía por Lucie, porque quería un futuro mejor para ella. Él era el peor error que ella había cometido en su vida y lo estaba pagando muy caro. Lucie, esos alegres ojos azules, esos sonrosados labios siempre curvados, esa mecha rosa en su pelo negro... inocencia pura que había sido mancillada. Al fin llegué a la Puerta del Sol. Había muchísima gente pero me esforcé por situarme justo debajo del gran reloj, que marcaba que faltaban dos minutos para que dieran las doce. y ahí lo vi, aquel rostro moreno y aquellos ojos tristes. Al percatarse de mi presencia se acercó a mi.

- Brenda, yo...

-¡Cállate, idiota!

Le di un puñetazo. Él cayó al suelo y me miró sin miedo, demostrando que aquel puñetazo le daba igual. Se colocó bien su gorro negro y se levantó del suelo.

-Pégame, tienes derecho a hacerlo.

Le pegué otro puñetazo. Esta vez él mantuvo el equilibrio. Me abalancé sobre él y levanté mi puño derecho mientras que con la otra mano le sujeté el cuello de la camiseta.

-¡Eres lo peor del mundo!- grité.

Le pegué otra vez. Era consciente de que todo el mundo nos miraba, pero me daba igual. En ese momento sólo quería vengar a Lucie.

-Escúchame - dijo-. Sé que la he cagado, pero, por favor, escúchame.

Levanté mi puño dispuesta a pegarle otra vez.

- Por favor - me dijo, muy serio.

Bajé la mano y retrocedí dos pasos.

-¿Qué? - dije.

Se volvió a colocar el gorro. Una gran cicatriz recorría su ojo izquierdo. Cuando lo conocí, hacía ya dos años, ya la tenía. Siempre había sido un chico repugnante, pero en ese momento, con esa mirada llena de tristeza, me repugnaba aún más. Se colocó lentamente el cuello de su camiseta  y trató de limpiar la parte trasera de su gabardina gris.

-La protegí, lo juro -dijo-. Pero ellos me la arrebataron. Hice todo lo que estuvo en mi mano y seguiré haciéndolo para recuperarlo. Lucie es todo lo que tengo.

Levanté mi puño de nuevo, pero él lo agarró a tiempo.

-¡Suéltame! -dije-. ¡Lucie nunca fue tuya y nunca lo será!

El reloj dió las doce y las campanadas sonaron atronadoras. Fue un sonido horrible, fue el sonido de las puertas del infierno, fue el sonido de que se estaba agotando el tiempo. Me giré y corrí hacia el centro de la plaza, empujando a todo el mundo que se interponía en mi camino. Él me seguía de cerca, gritando mi nombre incansablemente.

Corrí hacia las escaleras del tren y las bajé de tres en tres. En la puerta de la estación había un cartel en el que ponía "cerrado" pero, aún así, pasé. Corrí  por los largos pasillos y salté las máquinas de la estación hasta llegar al andén. Una vez allí, saqué una pistola de mi bota y apuntando cautelosamente al aire, caminé por el andén. Puse toda mi atención en que no me atacasen de improviso. Avancé por el andén hasta llegar al final de éste. De repente oí una agitada respiración detrás de mí y, asustada, me giré y apunté con la pistola.

-¡George, estúpido! - grité - ¿Te importaría no darme esos sustos?

George, como siempre, se colocó su gorro negro y asintió lentamente.

- ¿Y tú a mí? - dijo -. Te recuerdo que eres tú la que me está apuntando con una pistola.

Bajé la pistola. Con la luz de la estación, pude ver con claridad que su gabardina gris estaba llena de manchas. En su cara se reflejaba la consecuencia de estar largas noches sin dormir. Se agachó y se ató bien sus botas negras.

- ¿Por qué me sigues? -le pregunté tajantemente.

- Porque quiero a Lucie. La amo con locura. Quiero casarme con ella.

Chisté con fastidio. ¿Por qué el tio más idiota del mundo tenía que ser el que fastidiase mi vida y la de mi hermana? Continué caminando, con la pistola en alto. George me seguía muy de cerca, lo que me incomodaba en grado máximo. Al llegar al final del andén, salté a la vía y continué caminando.

-¿Qué te crees que estás haciendo? - dijo George.

Decidí no contestarle. Semejante idiota no se merecía ni que le dejase acompañarme a buscar lo que él había perdido.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RELATOS DE AVENTURAS DE LUIS MIGUEL SOTILLO Y ESTEFANY JUDITH MUÑOZ HUERTAS , DE 1º A ESO

A cualquiera que haya seguido nuestro blog le resultará ya familiar el nombre de LUIS MIGUEL SOTILLO. Primero nos sorprendió con un relato policiaco; luego nos llevó a un terreno más personal e intimista, y ahora nos embarca en una aventura de piratas, "El azote carmesí", en la mejor tradición del género. El relato tiene gracia y desparpajo, cualidades que le presta el descarado narrador, que casi parece salido de esa casta de rufianes simpáticos que pueblan "La isla del tesoro". 

Su compañera ESTEFANY JUDITH MUÑOZ HUERTO nos ofrece una aventura más contemporánea y quizá más realista. Tres chicas, ¿turistas?,  se encuentran en una isla tras el naufragio del barco en el que viajaban. Ni que decir tiene que la narradora, pese a las penalidades,  sobrevive para contarlo. En este relato se adivina la sombra de "Robinson Crusoe" aunque no hay rastro alguno de su amigo Viernes. !Para que luego digan que el turismo de hoy no ofrece sorpresas!


EL AZOTE CARMESÍ, por LUIS MIGUEL SOTILLO

El día 8 de septiembre de 1624, me encontraba en mi barco, el Dragón Escarlata.

El escorbuto y la falta de provisiones hacían mella en la tripulación. Muchos hombres murieron, pero su sacrificio no fue en vano; gracias a ellos yo tenía en mi poder la mitad del mapa que llevaba a una isla del tesoro. Lo malo es que para localizar el tesoro necesitaba la otra mitad del mapa, que estaba en poder del capitán Eizan, fiel servidor del rey de las Españas.

Mi plan era simple: localizar a Eizan, abordar su barco y robarle su mitad.

Lo malo es que no tenía ni idea de dónde encontrar a Eizan y lo peor: no disponía de recursos para encontrarlo. Así que me fui al puerto español más cercano y amarré allí mi barco. Era la ciudad de Cádiz, lugar perfecto para reclutar hombres y obtener provisiones.

Antes de zarpar de nuevo, me fui a la taberna, para ver si averiguaba algo sobre el paradero de Eizan.

- Es el lugar perfecto -pensé-, seguro que  hay algún oficial borracho al que preguntar.

Tuve mucha suerte, encontré a un oficial borracho que se había quedado sin dinero y me diría cualquier cosa por que le pagara una o dos rondas. Me dijo que Eizan había partido hacia las Américas hacía un día o dos. Le pregunté si sabía algo más, pero se desmayó antes de que me respondiera.

Volví al puerto y subí a mi barco. Allí los tripulantes me preguntaron:

- ¿A dónde vamos, capitán?

Y yo les respondí:

- A las Américas.

Minutos después, partimos hacia las Américas, pero yo seguía sin tener ni idea de cómo encontrarle.

- Improvisaré sobre la marcha -pensé.

Al día siguiente, me encontraba durmiendo cuando un grito me despertó. Subí a cubierta y vi lo que teníamos enfrente: había un barco español de pequeño tamaño.

Solo una descarga de los cañones bastó para que los enemigos se postraran ante mis pies.

Pregunté al capitán sobre el paradero de Eizan y me dijo que se hallaba en Perú reponiendo provisiones.

Puse rumbo a Perú poco después de hundir ese barco con su capitán y la tripulación dentro. Estábamos a tres días de Perú. Durante dos días estuve navegando. Pero un día antes de llegar a Perú, divisamos el barco de Eizan, el Victoria, un barco admirable, acompañado por dos pequeñas fragatas.

Nos pusimos en posición de ataque y empezamos a disparar los cañones sin parar. Pocos minutos después, las dos fragatas yacían en el fondo del mar y el Victoria había sufrido graves daños, pero Eizan no se daba por vencido y siguió atacando. Yo me acercaba lentamente a él, sin disparar muchos cañones, pues no me interesaba matarle aún. Cuando estuvimos lo bastante cerca, abordamos el barco y matamos a todo el que se interponía en nuestro camino. Eizan se defendió bien, era un luchador admirable, pero el número de tripulantes del Victoria seguía bajando y, al final, Eizan fue el último en seguir en pie. Le obligué a darme la mitad del mapa que me faltaba y lo hizo sin oponer resistencia. Eizan aceptaba la derrota, una cualidad que le hacía ser un gran oponente, digno de mi respeto.

La mitad de Eizan revelaba la posición de la isla. Pero no me gustaba mucho la idea de ir a aquel lugar dejado de la mano de Dios, se encontraba cerca del polo Norte. Yo ya tenía lo que quería, pero no sabía qué hacer con Eizan. Había sido un buen oponente hasta el final, no merecía ser asesinado por alguien tan despreciable como yo. Así que le dejé en el puerto más cercano y puse rumbo a la isla.

Estuve varias semanas navegando, pasaba pocas veces en puertos porque ya le habían puesto precio a mi cabeza, lo que me hacía sentir halagado. De vez en cuando, tenía algún altercado con la Marina española, nada que no se pudiera solucionar con un par de cañonazos.

Cada vez estaba más cerca, lo sentía en mi corazón. Algo me atraía con fuerza hacia la isla, llegó un momento en que me obsesionaba tanto el tesoro que no podía pensar en otra cosa más. Cuando llegamos a la isla, no podía controlar mis acciones, me volví loco, la avaricia me cegaba. Empecé a cavar con todas mis fuerzas, mi obsesión era cada vez mayor. Hasta que lo encontré. Yacía bajo mis pies una gran cantidad de oro, era más de lo que imaginaba, no podía dar crédito a lo que veían mis ojos. Cogí todo el oro que allí yacía y lo guardé en mi barco. Zarpé con el Dragón Escarlata sin dirección alguna.

- El viento me lo dirá -pensé.



 NÁUFRAGAS, por ESTEPHANY  JUDITH MUÑOZ HUERTO


Corría el año 1978 y me encontraba a bordo del barco Tiburón.

Una mañana avistamos nubes muy oscuras y comenzó a correr mucho viento, y pasadas unas horas se desató una tormenta muy fuerte. En cuestión de minutos, vimos que una ola gigantesca nos levantaba y partía el barco en dos. Desde ahí, no supe nada de lo que ocurrió; desperté a orillas de una isla, caminé horas y horas en busca de alguna compañera, pero no hubo suerte. Así llegó la noche y tuve que refugiarme en una cueva.
Al día siguiente, me adentré en el bosque y a lo lejos vi columnas de humo, y me alegré porque eso era signo de vida. Fui corriendo a ver quién era y me llevé la sorpresa de que era Laura, la amiga con quien viajaba en el barco:

 ¡Qué alegría de verte! -exclamé-. Gracias a Dios que te he encontrado.

¿Somos las únicas sobrevivientes? -preguntó Laura.

 Creo que sí -respondí.

Observé que su ropa estaba destrozada y sucia.

 ¿Te ha ocurrido algo? ¿Te encuentras bien -pregunté.

 Estoy bien, solo que me ensucié al explorar el bosque -respondió Laura.

El hambre nos obligó a buscar comida, lo cual era muy fácil ya que había muchos animales salvajes. Con ella pasé muchas aventuras y muchos peligros. Construimos juntas un campamento donde nos refugiamos.

Dos días después, se nos ocurrió la gran idea de escalar la montaña más alta que había en la isla para tener una mejor visión de todo lo que había. Decidimos hacer una gran fogata para que así nos viera algún barco. A lo lejos, escuchamos gritos de alguien que se fue acercando poco a poco, y, para mi sorpresa, era Estrella, otra compañera del barco, que llevaba varios días de sed y hambre, y la ropa hecha pedazos, y muchas heridas en mal estado.

¿Qué te ha pasado? -pregunté.

Ya os lo contaré, pero ahora llevadme a algún sitio donde pueda curarme mis heridas -respondió Estrella.

La bajamos de la montaña y la llevamos al campamento para alimentarla y curar sus heridas.

Nos contó que se había encontrado con un tigre y tuvo que echar a correr, salvándose de milagro.

Los días y los meses fueron corriendo y una buena mañana avistamos en el horizonte del mar a un barco, y entonces, desesperadas, corrimos a la montaña para encender la fogata y que nos pudieran ver. Nos dimos cuenta de que dio la vuelta y, ya cerca de la orilla, desembarcaron unos hombres de tres lanchas y se acercaron a la playa. De esa manera fuimos rescatadas.

sábado, 20 de noviembre de 2010

LOS ALUMNOS DE 3º B ESO ESCRIBEN DESDE EL FRENTE DE BATALLA

La maravillosa recreación que de LA ILIADA hace Alessandro Baricco* sirve de punto de partida aquí para que los alumnos de 3º B ESO se enbarquen en un empeño indiscutiblemente difícil, en la medida en que no tiene, por fortuna,  una íntima relación con su experiencia personal. Sin embargo, cada uno de ellos asume  el encargo de ponerse en el frente de batalla, en el que puede ser el último día de sus vidas, a escribir una carta a sus seres queridos. 

El resultado de ese valiente esfuerzo está aquí para que lo valoremos. Uno tiene que confesar, honestamente, que muchas de esas cartas le han emocionado tanto que ha tenido que apartar las hojas para que no quedasen humedecidas por las lágrimas. Si alguien piensa que exageramos, que juzgue por sí mismo y que pruebe a no emocionarse.

*Tanto la lectura de LA ILIADA como el ejercicio de redacción están en el libro "Lengua castellana y Literatura", Proyecto "Ánfora", Serie "Trama",  de 3º ESO, de Ed. Oxford, cuyos autores son Ricardo Lobato y Ana Lahera Forteza.





NO SOPORTARÍA PERDERTE, por CRISTINA ZAZO

Querido mío:

Sé que no debí hacerlo. No debí venir a esta guerra en tu lugar, pero no puedo dejar que pongas tu vida en peligro. Todos pretendíais que me quedara en casa tranquila, pero ¿cómo hacerlo, cómo estar tranquila si sé que tú estás expuesto al peligro? No es fácil, y tú mejor que nadie, lo sabes.

Quiero que sepas que estoy bien, los hombres de nuestro grupo me cuidan al ser la unica mujer. Sé que esto pronto acabará, confío en que alguien se de cuenta de que esta guerra no tiene sentido, en que esto acabe, que, ganemos o perdamos, tenga fin pronto. Cambié tus caricias por los duros golpes, el calor agradable de tu cuerpo por el horrible ardor del infierno, tus dulces palabras por las ensordecedoras explosiones, tu rostro de angel, en el que podía ver el mismo cielo cuando me sonreías, por las facciones del mismo diablo, que sonríen, burlonas, cuando te ves obligado a apretar el gatillo para sobrevivir.

Pero ¿cómo pararlo? ¿Qué puedo hacer yo, una simple mujer, para parar una guerra tan injusta? Ver cada día la tristeza, el hambre, el dolor de personas heridas, mutiladas incluso, ver los cuerpos de los pobres desafortunados que decidieron dejar de funcionar, dejar de sufrir. Dejar familias incompletas, mujeres viudas, madres que han perdido a sus hijos, huérfanos que perdieron a sus padres. Pudo ser egoísta por mi parte, pero yo no soportaría saber que a tí te ha pasado algo de eso. Yo no soportaría perderte sin saber hasta que punto lo has pasado mal, por esto decidí venir yo en vez de dejar que tú vinieras.  No soporto la idea de morir y no volverte a ver, pero, menos aún la de vivir sin ti. Por eso te digo que pronto volveré a verte, volveremos a estar juntos, volveré a estar contigo.

Y quiero que sepas que, si esto no puede ser, juro por lo más sagrado que mi cuerpo morirá, pero esto que siento permanecerá vivo. Mi corazón seguirá latiendo en tu pecho, y mi alma esperará a la tuya el tiempo que haga falta. Y con mi último aliento le gritaré al mundo que TE AMO. Que nunca se te olvide esta frase, porque será la que siempre te acompañe mientras tengas mi recuerdo, mi única verdad, en la que se resumen todos mis pensamientos. TE AMO.

viernes, 19 de noviembre de 2010

EL LUGAR IDEAL DE LOS ALUMNOS DE 2º E ESO

El lugar ideal de cada uno de nosotros no tiene por qué estar en un destino exótico, ni tiene por qué ser un lugar sorprendente ni original. Tampoco tiene que tener características que lo hagan único ni incomparable. Nuestro lugar ideal está muchas veces tan cerca que podemos tocarlo con la mano, pero hay algo en él que nos hace sentirnos distintos, e incluso mejores, cuando estamos en él.  Con todo, lo mejor es saber que nuestro lugar ideal es un lugar bien real, tan real como la vida misma.

Algunos chicos y chicas de 2º E ESO nos hablan de su lugar ideal. Lo hacen, lógicamente, con cariño, pero también con un orgullo indisimulado. Y ese mismo cariño y ese orgullo hemos sentido nosotros al leer lo que han escrito.

Hemos estado tentados de pedirles las fotos de esos lugares, pero hemos creído que era innecesario porque sus descripciones son tan precisas y concretas que podemos representarlos perfectamente en nuestra imaginación, que como todo el mundo sabe a veces es la mejor cámara fotográfica. Así que las fotos que hemos escogido para acompañar son de llaves. ¿Que por qué llaves? ¿Y por qué no?


"MI HABITACIÓN" DE LORENA MONTESINO

Para mí, un lugar muy especial es mi habitación. En ella hago mi vida diaria y me encuentro muy a gusto cuando estoy dentro. Me gusta por la decoración, pero sobre todo, me gusta por las vistas. No es que sean muy bonitas, pero para mí tienen un sentido especial: mi habitación da al parque en el que jugaba de pequeña con mi hermana y mis amigos. También, desde la ventana de mi habitación, se ve mi colegio, en el que pasé los primeros años de mi vida. Cuando estoy triste, me gusta asomarme por la ventana, y al ver los niños que juegan en el parque, se me dibuja una sonrisa en la cara. También me acuerdo de los buenos ratos que pasé allí, y eso me hace sentirme mejor.

Voy a describir mi habitación: la puerta es de madera y en ella está escrito mi nombre en letras de colores. Cuando la abres, detrás queda una percha con bolsos y otras cosas. En mi puerta, por detrás, tengo colgados dos posters de unas películas que me gustaron. Si entras en mi habitación, en el lado izquierdo, hay un espejo de cuerpo entero. En él, hay colgados varias medallas de natación y un sombrerito de mejicano que me trajo una amiga de un viaje. Al lado del espejo hay un maniquí, en el que cuelgo bolsos y mochilas, además de un par de gorras. Cerca del maniquí está mi escritorio. Es de color blanco, de madera. Encima del escritorio está mi ordenador, una lámpara de estudio, varios marcos de fotos y un cubilete con bolígrafos y lápices. Tiene tres cajones, una balda para el teclado y dos huecos en los que tengo revistas y dibujos. Tengo una silla para estar en el escritorio. Si te sientas y miras al frente, ves un cuerda que tengo colgada en la pared, en la que hay fotos y otros papeles. Al frente tengo la ventana, con un estor rosa y verde, y debajo se encuentra el radiador. Al lado de la ventana hay una estantería. En ella pongo libros, mi cadena de música y algunas cosas más. Delante de la estantería está mi cama, llena de cojines y muñecos, decorada con una colcha de flores rosas y verdes. Mi cama es de forja, lacada en blanco. En la pared, tengo un dibujo que me hizo mi tío cuando yo era pequeña, en el que salgo riéndome. También tengo varias fotos. Al lado tengo un armario empotrado de color blanco que tiene toda mi ropa. Tengo un corcho con dibujos y tarjetas y una teja que me pintó mi madre.

Toda mi habitación está pintada en verde, con detalles rosas y blancos.



CÁDIZ, por LORENA RAMÍREZ

Todos los veranos voy con mi familia a la playa. Un verano sin ir sería como un tiburón sin dientes.

Este año he ido a Cádiz. La playa era muy bonita. Cuando llegas y pisas la arena, sientes un dulce cosquilleo en los pies, y si son las dos de la tarde, un calor abrasador. La playa, es, para mi gusto, la mejor de todo el mundo; bueno, las mejores son las del Caribe, pero las de Cádiz, las segundas. El agua es cómo el cielo en un día de Sol y sin nubes. El viento no es ni suave ni fuerte, es... de Cádiz.

Y qué contar de la gente, tan amable y fiestera que te dan ganas de venirte con ellos a Madrid a una discoteca. No estoy diciendo que lo vaya a hacer, pero vamos, en resumen, los gaditanos, los más simpáticos.

Ahh, se me había olvidado decir más cosas sobre el mar: sus olas mediterráneas hacen que pases un día inolvidable con tu familia, y los peces, tan graciosos y exóticos, hacen que te den ganas de estar todo el día buceando.

Yo tuve la suerte de poder ver delfines en la puesta de sol, fue maravilloso. El atardecer de Cádiz es precioso, si estas en la playa, claro.


También el paseo marítimo de Tarifa es muy bonito y está lleno de tiendas con recuerdos de Cádiz. Lo malo de Tarifa es que el viento no es bueno, ya que te entra la arena de la playa en la cara.

Bueno, ya no hay nada más que decir. Bueno, sí, que si quieres saber más cosas de Cádiz, ya sabes lo que tienes que hacer: ir.




UN DÍA EN EL VALLE DE LA ALCUDIA, por DAVID PERIANES HERNÁNDEZ

En un día de primavera se ven todos los alrededores verdes, con bonitas flores de muchos colores entre algunas encinas. Cerca de allí hay un río, donde se oye el sonido del agua, debido al salto del agua chocando con las piedras. También hay unos grandiosos eucaliptos y, como fondo, unas encinas centenarias, pobladas de un sin fin de gorriones, cuyo canto altera el silencio del ambiente.

Al fondo, por encima de las encinas, sobresale el campanario de una iglesia donde anidan unas cigüeñas, según voy andando hacia allí por un camino, en cuyos laterales se ven huellas de alguna liebre. La iglesia está construída de piedra, con muchos agujeros en los costados, donde anidan palomas, y en su parte frontal hay una gran puerta de madera con dos columnas a los lados y la imagen de una virgen en la parte de arriba.

La aldea tendrá unas veinte casas, la mayoría con la fachada blanca y de teja rojiza, y en el centro hay una plaza con seis bancos de piedra, dos palmeras, un olivo y seis sauces.

jueves, 18 de noviembre de 2010

DOS RELATOS DE ALUMNOS DE 1º A ESO

Partir de la propia experiencia personal da al escritor una plataforma firme y concreta para contar historias, pero el escritor es libre y soberano para alterar la experiencia real  presentando como realmente sucedidos hechos ficticios pero verosímiles.

Hay una diferencia esencial entre lo real y lo verosímil. Real es aquello que ha sucedido de verdad, y verosímil es lo que, siendo real o no, lo parece. Conceptos opuestos son lo irreal y lo inverosímil. El juego de contrastes entre lo real y lo irreal, entre lo verosímil y lo inverosímil permite en el terreno de la ficción un abanico casi infinito de posibilidades expresivas.  Al fin y a la postre es  la habilidad del escritor -su arte- la que crea la única verdad que cuenta: la verdad narrativa.

Los relatos de LUIS MIGUEL SOTILLO y de OCTAVIO BARAJAS pueden atenerse o no a la experiencia real de sus autores. Desde el punto de vista narrativo eso resulta intrascendente. Lo que de verdad importa es que ambos consiguen hacer creíble y verosímil lo que cuentan. Sus relatos realistas están llenos de verdad narrativa, la única verdad en el universo de la ficción.




PERDIDO, por LUIS MIGUEL SOTILLO

Hace siete u ocho años, un día de agosto, recuerdo que me encontraba en el coche con mi madre. Yo estaba nerviosísimo, pues era la primera vez que iba a un centro comercial.

Cuando entré, me quedé boquiabierto; era un lugar enorme. Recuerdo que me hacía sentir insignificante, yo era muy pequeño y aquel lugar era tan grande…

Mi madre me cogió de la mano y me dijo:

- No te separes de mí.

Durante mucho tiempo, hice caso a esas palabras, pero la avaricia pudo conmigo. Me solté de mi madre y salí corriendo a ver los juguetes. Cuando ya los había visto todos, fui al sitio donde me había separado de mi madre, pero ella ya no estaba. Me sentí triste, estaba solo, en un lugar que no conocía; estaba perdido, asustado y no sabía qué hacer. Anhelaba, con toda mi alma, encontrar a mi madre. Pasé como diez minutos perdido, pero para mí fue como una eternidad. Me encogí en una esquina y me quedé esperando allí.

Minutos después, vislumbré la silueta de mi madre. Me levanté, lleno de alegría y corrí hacia ella. Cuando llegué, ella me abrazó contra su pecho. Entonces una pregunta surgió en mi mente: ¿Y si la perdiera? ¿Cómo sabría encontrar el camino? Entonces noté cómo una lágrima mojaba mi mejilla.

Cuando llegamos a casa, le dije a mi madre:

- No quiero volver allí, jamás.

Pero me mentía a mí mismo, no es que no quisiera volver, sino que no quería estar sin ella otra vez.

Desde ese día, siempre pido y suplico todas las noches que no se vaya ella. Pero cuanto más pasaba el tiempo, más me daba cuenta de que ella no estaría siempre a mi lado.




HERMANOS, por OCTAVIO BARAJAS TORRUBIAS 

Un día, hace un mes, salía del instituto y fui a casa de mi abuela, que está frente al instituto. Comí y seguidamente fui a una tienda de alimentación a comprar una botella de agua porque tenía sed. Entré y cogí la botella de agua del refrigerador y le dije al dependiente:

-¿Cuánto es?-lo dije casi sin voz, por la falta de agua.

- Un euro y setenta céntimos –dijo el dependiente.

Estuve buscando el dinero un rato en la mochila, pero al final me rendí.

- Se me ha olvidado el dinero, me lo ha quitado mi hermano –dije yo afónicamente.

Mientras me iba, el dependiente guardaba el agua en el refrigerador y yo pensaba:

- Mi hermano es listo, sí, pero no tanto como yo.

Al llegar a casa le pregunté a mi hermano:

- ¿Por qué me has quitado el dinero? –se lo dije con ganas de venganza.

- Porque no quiero que me lo robes –dijo mi hermano.

- ¡Yo no te he robado nada! –dije gritando.

- Claro que sí –respondió.

- ¿No será que tú te gastaste el dinero y después quisiste quitármelo? –dije en un tono muy aclarativo.

Mi hermano se quedó callado y me devolvió el dinero.