ESTE BLOG ES VUESTRO

Este BLOG os pertenece, es vuestra puerta al mundo de la escritura, es decir al mundo de la vida. Podéis abrir la puerta con suavidad, sin apenas meter ruido. O podéis abrirla de forma escandalosa, llamando la atención de todos. Podéis entornarla un poco, o podéis abrirla de par en par. Cada uno tiene que encontrar su propia forma de llamar a esa puerta, de abrirla, de hablar con los que están dentro o con los que quedan fuera. Parece fácil, pero ese aprendizaje puede llevar toda la vida.
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domingo, 6 de marzo de 2011

"LAGRIMAS POR AQUEL PRADO SOBRIO": UN RELATO DE JORGE GARCÍA IZQUIERDO, DE 2º C BTO.

JORGE GARCÍA IZQUIERDO es hasta ahora -fuera del Concurso de Microrrelatos, en el que él también consiguió el 2º premio de su categoría- el único alumno de Bachillerato que ha publicado en nuestro Blog. Solo por eso ya se merecería nuestro “eterno agradecimiento”, porque pocos empeños son tan difíciles y están tan condenados al fracaso de antemano,  como el de conseguir que los alumnos de Bachillerato escriban en “Escritores de La Serna”. Jorge en su momento publicó un poema y hoy nos trae un relato de género que tiene un estilo paródico que le da un interés añadido.



"LÁGRIMAS POR AQUEL PRADO SOBRIO", por JORGE GARCÍA IZQUIERDO, de 2º C BTO:



Al salir de la ducha mi pelo húmedo manchaba de agua mis manos, me sequé en cualquier sitio, debía estar sobrio. El traje negro de los domingos estaba ya preparado y dispuesto sobre la cama de manera que las arrugas no interactuasen al menos esa tarde en ningún problema añadido, la imagen es lo primero, ¿no?

Ya vestido con el traje miré y después de ello volví a mirar que no hubiese ninguna arruga, ni ningún desperfecto. Fácilmente encontré mis calcetines y zapatos también negros, los guantes y la bufanda se resistieron más, pero sin prisas pude salir de casa tal y como tenía planeado.

Mi coche estaba preparado esperándome en aquella plaza de garaje en la que le había encasillado el día anterior. El ruido del motor rugía con fuerza y me dispuse por fin a comenzar mi ruta. Decidí poner música clásica de fondo, el evento no era el adecuado para otro tipo de música, ¿qué pensarían de mí si por un lado tuviese preparadas mis lágrimas del momento y por otro soltase mi cabeza a desmelenarse con unos acordes de lo más estruendoso? Ni la guitarra eléctrica, ni la batería, ni aquellos agudos vocales que tanto solía imitar en otras ocasiones concordaban para nada en esta.

En la autopista tan sólo estaba yo y centenares de vehículos más; sólo se oían los pitidos producto del cabreo de los atascos con gritos y algún improperio que otro soltado por bocas sin clase ni educación. ¡Malditos aquellos que hablan y dicen aquellas cosas! ¿No se dan cuenta que voy a un lugar serio? La autopista era larga y dura, un antipático asfalto nos obligaba a caminar sobre él. Es totalmente inútil pensar que vamos a llegar a tiempo si aquellos que siguen lanzando improperios continúan en la misma senda de aquellas personas quienes no lo hacemos. ¡Es bastardo el asfalto por dejarles caminar de la misma manera que yo!

El desvío que había que realizar era sencillo, sin complicaciones. Pronto vislumbré aquel edificio que antes me indicaron; era tal y como lo había imaginado. Su planta rectangular y de una sola altura iba acompañada de su lógica sobriedad y quietud que debía representar. Sin niños gritando, jugando o corriendo se asumía una tranquilidad absoluta perfecta para aquellas ocasiones. Los colores con los que estaba pintado el edificio no eran muy vivos, todo lo contrario, parecían difuntos como los que albergaba dentro, parecían cadáveres que querían que te unieses a su mundo tenebroso, te lo pedían de una forma sin igual, escandalosa y denunciable. Los grises de la fachada se aliviaban un poco con el color crema que había en las salas. Todo aquel ambiente hizo que volviese a añorar a los gritos de los niños correteando por entre las personas; todo aquel ambiente dejó de ser tranquilo, te transmitía una angustia al compararte con aquellas figuras de cera a las que dibujaban sonrisas y vestían de gala, angustia del vivo a no serlo, sobre todo angustia por esos colores deseaban tu muerte y que, por lo menos a mí, te llevaban a su terreno en una muerte del vivo o en una viveza de la muerte de lo menos entrañable.

Alrededor de allí no había grandes construcciones ni grúas desmontando a toda una señora naturaleza, aquel paraje todavía era respetado; daba la sensación de que el ideario de todo ello, sea cual sea, quería que la multitud de lágrimas que allí se arrojasen no se evaporasen por culpa del sol, para ello nació una muchedumbre de árboles que con su copa protegían del calor a la tristeza y de la evaporación al llanto. Al mismo nivel que los árboles se evaluaban los arbustos por allí repartidos; las verdes hojas de todos ellos ofrecían una armonía que no se podía romper. Estos vegetales aportaban viveza y asombro a pesar de su armonía en cuanto a la sobriedad con el edificio a aquel paisaje que todos mirábamos alguna vez por la ventana por su llamativa calma y tranquilidad ante los aparentes extasiados corazones de los que allí nos encontrábamos; transmitían más viveza que los vivos que allí casi estaban muertos y resistían al envite de aquellos muertos que todavía pretendían estar vivos. ¡Ah! Me dejo lo más importante, el resto, el prado, el césped en el que el viento soplaba sin fuerza y en el que se vigilaba atentamente el empuje de las nubes poderosas de aquellas fuerzas divinas que hacen llover, tronar o nevar.

No era precisamente un festejo lo que habían ido a ver y a presenciar las personas allí reunidas; pero el ritual siempre era el mismo, mirar al suelo poniendo cara de tristeza como si tú te estuvieses descomponiendo tanto como el cadáver, sin llorar sacar un pañuelo pasarlo por tus ojos de manera que todo el mundo ya se ha enterado de que lloras por el difunto, de que eres el más triste en una lucha sin comprensión alguna.

Llegué por fin a la sala en la que se encontraba el muerto al que yo sí lloraba de verdad tras pasar por miles de lloros, por crematorios y por pasillos inconmensurables para la paciencia humana. En las paredes tan sólo había un cuadro de una planta depositada en un jarrón; tenía colores ocres y menguantes de ánimo; la planta tenía unas flores que carecían de esencia, de alma, de espíritu, de color blanquecino tenían las pretensiones de pasar desapercibidas en concordancia con la esencia sin esencia, con el alma sin alma y con el espíritu sin espíritu de aquella tortuosa sala. Acompañando al cuadro se encontraban dos sofás azules bien acolchados, uno de dos plazas y el siguiente, separado por una pequeña mesa negra, de una. Unas cuantas sillas (no las conté) finalizaban los asientos en aquella sala.

Varias decenas de personas se agolpaban detrás de un cristal en el que se encontraba el féretro bajo una gran cruz religiosa moralista. La cruz vigilaba acechante a los presentes, pero sobre todo al difunto debía quedarse allí muerto para siempre, para el resto de los tiempos un trozo de huesos estaba condenado a desaparecer y el resto de los presentes estaban condenados a llorarle, a condenarle a aquellos cielos en los que él nunca eligió estar, a recordarle de manera tan idílica como surrealista; su muerte nos condenó a todos a encontrarnos allí ante el final de todo, ante la despedida de la vida y a la vez ante la despedida de la muerte, antesala final de la vida.

La viuda, la condesa, lloraba en una de las dos plazas del sofá grande, sus piernas necesitaban descansar. ¡Había tenido tantos invitados esa tarde! Me acerqué a ella sigilosamente intentando que no recordara demasiado para darle el tradicional pésame, ``te acompaño en el sentimiento´´ la dije. Me dio las gracias típicas también de la tradición y de la mentira; tradiciones y mentiras que no cambiarán nada: el polvo seguirá siendo polvo y el cráneo seguirá siendo solamente eso, un cráneo.

Había también algunos familiares rezando, deleitando a su fe y a su espíritu con oraciones por el alma del difunto mandándole una y otra vez al cielo. Obvié su presencia y ni siquiera me acerqué a ellos; ellos tan sólo se acercaban a ellos mismos con esas palabras, la muerte no revuelve lo ya muerto, sólo lo descompone y desfigura para siempre, sin palabras ni intenciones.

Fui obviando poco a poco a todos y cada uno de los allí presentes, en el fondo de mis sentimientos algo había que deseaba que aquella caja se abriese y me volviese a dar los recuerdos por los que allí me encontraba. Pero no, yo no. Yo no estaba ahí para hacer el papel de toda aquella gente, no creía ni en palabras ni en oraciones, sólo creía en mí mismo, pero el otro YO de mi ser se acababa de disolver en las estepas por un simple paro cardíaco; aunque el motivo es lo de menos lo que importa es el resultado. Aún así mi lado racional, que es quizás demasiado grande, veía toda esa situación reprochable a la humanidad y a todos los que han ido conformándola: soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo por unas cuantas tierras que acabarás vendiendo por menos dinero; soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo sin haber soltado nunca antes una delante de aquel pobre rico que ya no se podía defender; soltar lágrimas pestilentes de cocodrilo por aquello de lo que nunca se dice que se suelen soltar. Las pasiones que tantas veces había vivido con él se magnificaban allí delante de aquella viuda que por cada lágrima que soltaba más podía casarse con un joven y apuesto por su virtud de condesa, joven y apuesto que le dará todo aquello que no puede dar el dinero. Los poemas de Jorge Manrique sobrevolaban la sala con un halo de paisaje, siempre sobrio, un halo de pasión y un halo de hombre muerto.

miércoles, 9 de febrero de 2011

"UNA VIDA. UNA PASIÓN": UN RELATO DE ISABEL GONZALO, DE 3º B ESO

Está claro que a ISABEL GONZALO le gusta escribir. Está claro también que sabe cómo hacerlo. En este blog ya hemos tenido más pruebas de ello. El protagonista de este relato es un pintor, pero la pintura es para él algo más que un pasatiempo, algo más que una forma de ganarse la vida, algo má, incluso,s que un arte:  una forma de vivir, una pasión. De que escribir es también una pasión para ella  nos da muestras  fehacientes ISABEL GONZALO.



"UNA VIDA. UNA PASIÓN." por ISABEL GONZÁLO

Al fin había llegado a lo alto de esa pequeña montaña que se veía desde el albergue en el que me hospedaba.Nunca habría imaginado que tan bello paisaje se encontraría cerca de mí.

Siempre iba con mi trabajo encima. Aunque más que mi trabajo… lo calificaríamos más como… mi pasión.

Mi pasión por el arte de la pintura.

Desde pequeño me ha gustado pintar, y ahora ya a mi edad soy un excelente pintor reconocido en toda España. Mis obras de arte, no habían gustado por si estaban bien o mal pintados. Habían gustado por todo lo que transmitían.

El dolor en los paisajes desolados, alegría en las pinturas más coloridas. Pero sobre todo. Lo que más gustaba, era que parecía como si estuvieras viendo el lugar que había pintado. Todo tan realista… que parecía un cuento. Tan maravilloso como nunca habías imaginado.

Me gustaba transmitir todo lo que yo sentía al ver los paisajes a mis observadores. Quería que lo vivieran. Que sintieran todo lo que la naturaleza nos transmitía. Que no se perdieran nada.

Tras admirar el paisaje y sentir todo la paz que parecía transmitir un lugar tan precioso, decidí bajar hasta una llanura que había cerca.

En seguida un olor a flores silvestres llamó mi atención. Flores de todos los colores. Tan parecidas y a la vez tan distintas.

El sonido de los pájaros sobrevolándome. Cada animal siguiendo el río de su propia vida en el bosque próximo a mí.

Necesitaba hacerle llegar a todos aquellos que no podían contemplar tan maravilloso lugar toda la calma que me llegaba con solo aspirar una bocanada de aire.

Preparé hasta en el más mínimo detalle los colores que necesitaría. Todo tenía que estar perfecto. Cada color en sintonía con otro. Todo tal cual lo estaba admirando yo ahora.

Ya al estar todo listo. Me senté justo detrás del espacio florido, y respiré profundamente para ser uno con la naturaleza. Para fundirme con ella. Me grabé en la cabeza cada imagen, cada sonido, cada olor…

Todo era importante al pintar.

Me gustaba enseñar en mis obras, sobretodo a los más pequeños, que las cosas importantes no tienen porque ser algo que tus padres te compren por capricho, sino que te las puedes encontrar en cualquier lugar.

Solo tienes que aprender a mirar por ti mismo. A sentir lo que los demás o las cosas te muestren, y saber interpretarlo. Al igual que yo lo interpreto en pintura. Todo aquello, que yo había aprendido primero, quería enseñárselo a los demás.

Cuando ya estaba todo listo. Empecé a pintar.

Primero el fondo, el que en esta ocasión iban a ser unas montañas nevadas al atardecer. En ellas se podía apreciar el color grisáceo desde la falda de la montaña hasta un poco más arriba de una llanura que se podía observar desde mi lugar.

Cuando termine, les añadí a los picos el tono blanquecino de la nieve en esta época del año y a esta hora.

Aunque mucha gente pensara que la nieve siempre era igual. Se equivocaba. Depende de la época del año y de la hora del día, se puede ver que la nieve es más oscura según cae la noche, o más brillante según sale el sol.

Hasta el más mínimo detalle es importante a la hora de pintar.

Ya terminando de dar las últimas pinceladas a las montañas, me puse a estudiar el pequeño bosque cerca del lago que se encontraba justo en el centro de toda la naturaleza.

En él bosque, podía distinguir los pinos, los abetos, los robles y los frutales. Todos en armonía entre ellos.

También podía distinguir algún que otro ciervo que se dejaba ver entre los árboles. O las ardillas y pequeños búhos que ya se dejaban ver al estar cayendo la noche. Dibujé cada uno de ellos. Todos serían parte de mi obra, al igual que yo era parte de ellos al ser uno con la naturaleza al pintarlos.

Cada tronco, cada copa, cada flor, cada color. Todo, pero absolutamente todo. Representaba algo importante para ese bosque. Y, para mí, si es parte del bosque cada detalle, también tenía que ser parte de cada persona que lo contemplara.

Si le quitara los detalles, por lo más mínimo que sea, el bosque perdería su belleza, su paz, su armonía… El bosque… ya sería como cualquier otro.

Cuando terminé de pintar un pequeño búho que comenzaba el vuelo en el instante que le vi, repase que todos los detalles estuvieran bien, y pasé a lo siguiente que tenía que pintar. El lago.

Un precioso lago con el reflejo del atardecer. Una imagen que cualquiera que supiera apreciarla le gustaría poder ver. Alrededor del lago había variedades de hierbas y de flores, así que no me podía dejar nada fuera y antes de empezar con el lago y sus detalles empecé primero por su alrededor. Había rosas, violetas, amapolas, tulipanes… Muchas clases de flores. Todas brillantes y resplandecientes.

También había malas hierbas, que también tenían su toque de belleza. Hierbas medicinales, muy útiles y a la vez muy frágiles. Y las hierbas de toda la vida, las normales. No sirven de mucho junto con las malas hierbas, pero… forman parte de la naturaleza y de su curso durante la vida. Así que son igual de importantes como cualquier otra.

Y ya me puse con el lago. Hasta las pequeñas olas que se formaban por el soplo del suave viento era importante para darle vida en un cuadro. Cada brillo por la apuesta de sol era importante. Cada onda que salía al moverse un ser vivo acuático muy cerca de la superficie.

Todo servía para vivirlo. Ya a la derecha de este lago, y la derecha ya de mi cuadro se encontraba una bonita casa de madera.

Por la chimenea salía humo, lo que me decía que ahí vivía gente. Cada color de la fachada era precioso y único. Se veía las ventanas abiertas, y las cortinas violetas clarito ondeando al son del suave viento. Cada baldosa que llevaba a la puerta cubierta de musgo era bonita en este entorno.

Las personas que viven ahí ya estaban acostumbrados a la naturaleza. Había una persona tumbada en un banquito a las afueras de la casa. Contemplando las nubes cada vez más oscuras mientras se acercaba la hora de que cayera la noche. Tenía una espiga de trigo en su boca, seguramente del trigal que tenía cerca de su casa, y tenía los ojos entornados.

Lo miraba mientras leopintaba. Cada facción de su cara. Cada textura de su ropa. Cada detalle. Todo perfecto, para muchos, en un simple cuadro.

La noche caía cada vez más rápido.Los animales de la noche ya estaban fuera. Y nuevos olores y sonidos llenaban el aire. Se podría describir, como un mundo nuevo.

Ya sólo me faltaba el cielo con el atardecer de fondo y las nubes oscurecidas más cerca. Y las flores donde estaba sentado mientras pintaba en el suelo de la llanura desde donde contemplaba todo el paisaje. Las flores iban desde las más exóticas a las más comunes. Todas juntas formaban una extraña combinación, que a la vez le daban a la llanura un toque mágico. Un toque… especial.

Estaba terminando de dar los últimos retoques, cuando la luna empezó a hacer su aparición en el cielo.
Era tan bonita reflejada en el lago junto con miles de estrellas que eran el reflejo de nuestros sueños. Todas y cada una de ellas, especial para alguien. Esencial.

Era una noche perfecta para el paisaje.

Las montañas al fondo ya no se veían casi. El lago, gracias a la tenue luz de la luna, reflejaba todo lo que había tanto a su alrededor como por encima. Y los animales ya hacían acto de presencia en los bosques y entre las flores.

Me tumbé en el pasto a contemplar las estrellas, y vi una estrella fugaz a la cual pedí un deseo. Un único deseo, pero a la vez tan importante…

Un deseo. Un sueño. Una vida. Una pasión…

martes, 9 de noviembre de 2010

LA MUERTE VISTA CON LOS OJOS DE LOS ALUMNOS DE 3º B ESO: RELATOS

Cuando se aproximaba el final de Octubre, y con él  el Día de los Difuntos,  fue relativamente fácil sortear el "Trick or Treat" de Halloween -ya hemos publicado un relato con muchos de los ingredientes del género-  pero resultó mucho más difícil impedir que la Muerte con mayúsculas impusiera su ley fatal, literariamente hablando.  Así que "henos aquí," como diría un antiguo, obligando a escribir a los alumnos de 3ºB ESO sobre este fatídico, y verdaderamente inmortal, asunto. Ni que decir tiene que no sonaron aplausos.

Se exigió un enfoque realista, sin descartar, por inevitables, las emociones e incluso las efusiones sentimentales. Los adolescentes están muy familiarizados con la muerte virtual, la de las películas o los videojuegos, pero la muerte real despierta en casi todos un rechazo casi supersticioso, aunque en muchos casos ya han tenido que enfrentarse al dolor de la pérdida de un ser querido. Nadie estaba, por supuesto, obligado a contar una experiencia personal. por más que hacerlo pudiera tener un valor terapéutico, pero tampoco había una prohibición expresa de hacerlo. Como siempre, el profesor propone, pero el alumno dispone. Así es y así debe ser en estos asuntos de la escritura.

El resultado lo tenéis ante vosotros. No seremos nosotros los que descubramos lo que de realidad y de ficción hay en cada relato. Esa diferencia puede tener sentido para sus autores; al lector lo que le importa es que la plasmación literaria esté lograda, que resulte convincente. A veces, por obra y arte de las palabras, la realidad inventada resulta más verdadera y genuina que la realidad vivida; a veces también, cuando la emoción encuentra el tono y las palabras justas, la realidad vivida -revivida en la escritura- se expresa con una fuerza insuperable.

El resultado, en cualquier caso, lo tenéis a la vista en esta selección de relatos.




MUERTE INESPERADA, por ROBERTO LEÓN RUBIO


Maldito día aquel en el que mi abuela perdió la vida. Estamos todos de cena en casa, cuando mi abuela se ofrece para bajar la basura. Mi familia y yo lo estamos pasando de lujo: mi primo y yo jugando a la consola, mís padres y tíos charlando, y mi prima y mi hermana jugando a las muñequitas.

Había pasado ya un rato desde que mi abuela se había ido a tirar la basura. Mis padres y tíos empezaron a extrañarse al ver que no volvía, hasta que mi madre, más que nada por quedarse tranquila, se aasoma a la ventana. De repente, todos oímos sus gritos y nos levantamos corriendo. Mi madre está llorando, tendida en el suelo. Le preguntamos qué pasa y nos señala la calle.Voy corriendo y descubro que mi abuela está en el suelo de la carretera cubierto de sangre.

Cinco minutos más tarde llamamos a una ambulancia. Cuando llega nos dan el pésame y nos dicen que no pueden hacer nada por su vida. "Es injusto que se muera", decimos mi primo y yo deshechos por la tragedia.

Mi abuela era una gran persona y siempre lo será. Esos momentos de risa cuando hacíamos fiestas o en nuestro cumpleaños nunca los olvidaremos. Siempre que la veíamos nos daba unos euros para que nos comprásemos algo. Antes de comprarse ella cosas siempre miraba por sus hijos y por sus nietos.

Siempre llevará dentro de ella esos recuerdos de cuando se casó, de cuando tuvo a sus tres bellos hijos, de cuando su marido fue a la guerra, donde lo mataron.

Nunca me olvidaré de ella y siempre quedará una parte de mi corazón dolida por su ausencia.


MI PADRE, por TERESA MARTÍNEZ PIÉLAGO

Llevaba un año y unos cuantos meses enfermo, o bien en el hospital o bien en casa, tumbado en la cama durante todo el día.

Era una situación dura, sobre todo para mí, que tenía únicamente ocho años.

Apenas me enteré de lo que ocurría, sabía que no se trataba de algo simple, pero no algo que pudiera llegar a la muerte.

Mi padre era un hombre inteligente y trabajador, siempre estaba atento y era capaz de cualquier cosa por mi familia.

Pasé un año separada de él. Veía a los mayores moverse de aquí para allá, sin un porqué. Mi hermano estaba algo confundido por la situación, pero supongo que entendería la razón de ella.

Cuando mi padre  se encontraba en casa, yo pasaba la mayor parte del tiempo junto a él, pues echaba de menos esas risas divertidas que tanto nos identificaban.Ahora en su cara seria y triste solo se distinguían unos ojos caídos, de los que se desprendían unas lágrimas a escondidas.

Era un día frío y lleno de nubes negras que parecían presagiar un acontecimiento horrible.

Llegué a casa con una sonrisa, que se desvaneció en el ambiente seco y vacío que encontré.

Pasé a dejar las cosas a mi habitación y, como de costumbre, miré por la pequeña abertura de la puerta de la habitación de mis padres, que estaba vacía.

Cuando me vio mi madre me dijo: "Papá se ha ido al cielo". Inmediatamente comencé a llorar.

Parecía algo prácticamente imposible de ocurrir, pues era una de esas cosas que solo les ocurren a los demás y las ves muy lejos de tu alcance.

No puede siquiera despedirme de él. Era algo que nadie podía entender, excepto aquellas personas que habían pasado por una experiencia semejante.

Es una emoción que no puede explicarse con palabras. Es un sentimiento doloroso en el interior de tu corazón, pues pierdes a la persona con la que has compartido toda tu vida.

La falta de su presencia me hizo rememorar todos los momentos del pasado, como las últimas vacaciones que pasé junto a él, o la primera bicicleta que me regaló, pero sobre todo cuando volaba con él los aviones, que yo misma le ayudaba a construir, en un campo ahora convertido en una zona urbanizada que parece borrar todos los recuerdos.

Pero yo sé que nunca le podré olvidar, y me imagino que él me acompaña a todas partes donde voy. Era, es y será mi padre.







JAVIER, por LYDIA RUBIO VICARIO

Todas las noches se oía la misma canción: el pequeño de la casa no quería dormir solo.


Se oía. "Vete con papá"; "No, no, con las niñas". Él se paseaba por el pasillo llorando con su chupete, hasta que, como siempre, se venía a mi cama.


Tenía un olor especial, abrazarlo era muy reconfortante, pues yo me sentía su protectora, aunque me llenara de lágrimas y mocos.


Desde que nació tenía algún problema de bronquios y debía vacunarse para evitar los constipados. Era moreno, gordito, con ojos tan grandes como platos. Su boca estaba siempre ocupada con su chupete, que no se quitaba ni para reír ni para llorar, ni casi para comer.


Con su media lengua y sus manitas regordetas me llamaba "tata, tata" para que yo le cogiera. Era muy mimoso. Era como tener un muñeco grande al que no podía quitarle las pilas de vez en cuando.


Era su cumpleaños: tres años. Había estado en el médico para que le pusieran la vacuna. Ese día fuimos a visitar a mis tíos. Él no paraba de repetir todo el rato "pupa aquí", señalando su brazo regordete. Cuando llegamos a casa, estaba cansado y le subió un poco la fiebre. Era normal, después de la vacuna siempre se quedaba un poco pachucho. Yo me fui a la academia y él se quedó dormido en brazos de mi abuela.


¿Qué pasó en esa hora? Aún me lo pregunto y no encuentro respuesta.


Cuando salí de la academia vino a buscarme mi vecina y me dijo que me tenía que ir a dormir a su casa, ya que mis padres se encontraban en el hospital.


-¿En el hospital? ¿Qué pasa? -Como mi padre era él único al que yo no había visto ese día, pregunté a mi vecina: -¿Qué le ha pasado?


-No, no... es tu hermano que...está malito -me mintió.


Me fui tranquila, pues nunca pensé que algo malo iba a pasar.


Alguien dijo que él había muerto. ¿Cómo? !Estaban locos! !Era imposible! No podía ser él, se me vino el mundo abajo, pero, desgraciadamente, así fue, mi pequeñin, mi hermano...había muerto.


Volver a casa, sin él, empezaban las dudas, las preguntas, la incomprensión. ¿Por qué?, me repetía una y otra vez.


Miraba la puerta, como esperando que él  regresara, era un sueño... ¿Qué fue? Fue una pesadilla. Incluso le oía y le sentía a mi lado. Me gustaba oler su ropa, era como volver  a tenerle cerca.


¿Cómo vivir sin él? No será posible, él forma parte de mi vida y ya no está aquí.


Es algo tan doloroso, tan incomprensible, tan injusto. ¿Cómo se puede describir? No existen palabras, es una sensación de vacío, de impotencia, algo que te hace estremecer.


¿Y escribir sobre ello?... ¿Cómo?, si su recuerdo te hace llorar y no te deja escribir.


Poco a poco "te acostumbras" y empiezas a sentir de otra manera su ausencia, con el mismo dolor, pero sabiendo que he tenido el mejor hermano del mundo.


Y aunque no esté yo le quiero, y le siento igual que cuando se metía conmigo en mi cama, quizá esté  muy cerca, pues asi lo siento yo.


Gracias por existir, "mi pequeñín".





RECUERDOS DE BÁRBARA, por SARA PADILLA

-!!Nooo!! -gritaba desesperada.

-Venga, Laura, por favor, tranquilízate. Ya sabemos que es difícil, pero no puedes estar lllorando y gritando todo el tiempo -me decían mis familiares y amigos-. Sabemos que la Pérdida de tu hermana Bárbara ha sido horrible, y más ella con ocho añitos que tenía. Tú tienes diez, tampoco entiendes todavía el sentido de la vida. Todos lo estamos pasando fatal.

-¿Laura? -dijo mi madre.

Me desmayé. Tenía mucha presión acumulada y muy pocas fuerzas.

-Oh, no.  !Una ambulancia, por favor!

A los veinticinco minutos recuperé la conciencia, ytas varios intentos de los médicos, que me daban ya por perdida, pues  del golpe tenía varias lesiones graves en la cabeza.

Estuve varios días en el hospital porque tenía que recuperar fuerzas. No comía nada voluntariamente, sino que me alimentaban con una vía, y tgenía unas increibles ganas de no dormir. Mi familia preguntaba a los médicos que si me podría recuperar y volver a sonreir y llevar mi vida de siempre. Ellos lo veían posible, pero dentro de algún tiempo.

Para hacer más corto ese tiempo, todos los días mis hermanos (yo era la más pequeña, ya que Bárbara se había ido) intentaban hacerme recordar los estupendos momentos que había pasado junto a Bárbara, pues yo era de sus hermanas la que más tiempo había estado con ella.

Me hicieron ver que Bárbara se había ido a otro lugar en el que ya no sufriría por nada, y que tarde o temprano yo dejaría de sufrir también . La vida sigue aunque te dé muchos palos.

No me dijeron que estaba muy grave y que no aguantaría mucho más, para no hacerme sufrir por adelantado, pero el dolor no se iba a ir fácilmente.

Durante los quince días que estuve en el hospital ingresada, recordé los fantásticos momentos que pasé con mi hermana Bárbara: cuando íbamos y volviamos del colegio, cuando saliamos a comprar los sábados y corriamos como locos de tienda en tienda, cuando íbamos a casa de nuestros tíos y jugábamos con los primos Enrique y Erika, y hasta recordaba con alegría las broncas que teníamos y cómo nos quedábamos castigadas por culpa de la otra.

Pasó el tiempo y yo me recuperé. Volví a casa con mi familia, y lo único que ahora recordaba eran los buenos momentos que pasé con mi hermanita y apenas quedaba pena. ¿Para qué llorar y deprimirte? !Sé feliz!

-Me alegro un montón de verte ya recuperada, Laura -me dijo Víctor, mi mejor amigo, que en ningún momento, cuando lo he necesitado, me ha dejado sola.

-A partir de ahora, Víctor, viviré la vida con una sonrisa en la cara. Antes pensaba que sería mejor dejar de luchar por vivir e irme con mi hermana, pero sé que con el tiempo ella y yo volveremos a estar unidas y nadie nos podrá separar.



RECUERDOS, por MARÍA GALLEGO MORENO

Aún recuerdo ese día. Ese día en que pensaba que el mundo se me venía encima. No tenía esperanzas ni ganas de vivir si tú no estabas a mi lado. "Cómo se puede morir una persona con dieciséis años", me preguntaba.

Los primeros días fueron como si estuviera en una nube blanca, todo me parecía extraño. Hasta que pasó un mes y decidí que no podía estar así, que la vida seguía y que tenía que afrontar los hechos fueran como fueran.

Vivo como antes, pero ahora sin ti, aunque creo que lo he superado: ya no lloro al decir tu nombre, ni me emociono, solo pienso en los buenos momentos que he pasado a tu lado.

Como cuando era pequeña y te venías a mi habitación, diciéndome que tenías miedo y que si te podías dormir conmigo. Luego, por las mañanas, mamá no te encontraba, pero siempre se suponía que estabas en mi habitación.

O esos veranos en la playa, cuando papá te compró tu tercer bañador- Era de Spiderman, recuerdo lo que te gustaba, no te lo podíamos quitar ni cuando estaba mojado.

Pero también recuerdo esos momentos de adolescencia que estábamos pasando, y que la muerte te interrumpió. Esas charlas que me dabas sobre chicos, que no tenían ni pies ni cabeza, pero que ayudaban a sontreír en los malos momentos.

Solo quiero hacerte saber que sigues estando dentro de mía vida, aunque no estés a mi lado, y que te quiero.




LA PÉRDIDA, por JORGE SÁNCHEZ GARCÍA

No lo podía creer, me lo contaba mi amiga llorando y sólo pensaba que estaba equivocada. Él no podía estar muerto.

Esa misma mañana fui con él a comprar el pan y nos reímos un rato tomando unos chuches que habíamos comprado con las vueltas.

Entonces vino Luisma. Venía blanco, desencajado. De repente sentí que me faltaba el aire, que los edificios daban vueltas a mi alrededor, y en ese momento me di cuenta de que era verdad. Nunca más podría ir a buscarlo a su casa, a reírme de las chicas con él, a echar un partidillo en la plaza.

Sin quererlo, me di cuenta de que lloraba, de que me faltaba una parte de mi vida, de que no era capaz de decirles a mis amigos nada que les hiciera sentir mejor. Después vino la rabia, el odio, me hubiera gustado que hubiera un culpable, alguien a quien pegar.

Pero no era sí. Cuando puede respirar hondo pregunté: -¿Cómo ha sido? Y me dijeron:

-Fue de repente, creen que le falló el corazón, pero hasta que no lo vea el forense no lo sabrán seguro.

Se me vinieron a la cabeza cien preguntas: ¿Cómo es posible?, si estaba sano, si no tenía ni un constipado. ¿Pero a alguien de mi edad le puede fallar el corazón?

Lo siguiente era pensar qué haríamos ahora. Tendríamos que apoyar a la familia, pero no sabíamos cómo, así que decidimos volvernos cada uno a nuestra casa y hablar con nuestros padres qué hacer y cómo.

De esto han pasado ya dos años, aunque ya soy capaz de reconocer que mi amigo ya no está con nosotros.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

RODRIGO MANGLANO DE 2ºE ESO Y SU VISIÓN DEL 11-M

Un sencillo ejercicio de redacción, propuesto en clase por un profesor sin demasiada imaginación, en que los únicos requerimientos eran el tema -un accidente-, el género literario -narrativo-, la persona del narrador -primera-, y que encerrase algún breve fragmento descriptivo y un breve diálogo, se ha convertido en este caso, por obra y gracia de la imaginación de un alumno de 2ºE ESO, RODRIGO MANGLANO, en un original acercamiento al atentado terrorista del 11-M en Madrid. Por causas bien ajenas a su voluntad, la vida del narrador quedará marcada para siempre por lo ocurrido, como la de miles de  españoles, que recordarán ese trágico día mientras vivan. Esa "niebla blanca" que se apodera del final del relato tiene una fuerza increible y vale más que mil palabras.


PRIMER DÍA DE TRABAJO,  por RODRIGO MANGLANO


Era mi primer día de trabajo y no podía llegar tarde. Sabía que si lo hacía me echarían la primera bronca. Así pues me levanté temprano, me duché y desayuné. Me puse mi preciosa gabardina beis, mis pantalones negros y los zapatos nuevos, después de cambiarme cinco veces de ropa. Una vez vestido me preparé el almuerzo, me despedí de Toby, mi mascota, y me marché.

Mi casa estaba a unos quince minutos de Atocha a pie, así que fui andando.

Yo era una persona alegre, distraída y solitaria. Mi pelo castaño hacía juego con mis ojos y era alto, muy alto. Había hecho la carrera de Informática después de sacar el Bachillerato a la primera. En cuanto a mi vida personal no había mucho que contar: no tenía novia, tenía pocos pero buenos amigos y trataba a Toby, mi cachorro de pastor alemán, como a un hijo.

Estaba llegando a la estación y me di más prisa aún. Cuando llegué me fui a comprar el abono, miré en los carteles cuál era mi andén y fui hacia allá.

Cuando entré en el tren vi una preciosa chica rubia, de ojos verdes, con un traje blanco. Me debí haber quedado mirándola mucho rato, porque se me acercó y me preguntó:

-¿Dónde te bajas?

-En...en Santa Eugenia. ¿Y tú, eh...? -dije con intención de que me dijera su nombre.

-Ana. Yo en Vicálvaro. ¿Cómo te llamas tú? -habló con voz tranquila para que la conversación fuese mejor.

-Juan. ¿Y qué vas a hacer en Vicálvaro? -pregunté.

-Voy a dejar mi trabajo; estoy un poco cansada, la verdad.

-!Qué casualidad! -exclamé- yo voy a empezar el mío. Voy a recordar este 11 de marzo para siempre.

De pronto se oyó un estruendo y se apagaron las luces. Me asusté y me olvide de Ana, a la vez que flotaba. Pero esa ilusión se terminó cuando choqué contra una barandilla y caí al suelo. Noté cómo la sangre me llegaba al párpado e intenté pensar, en vano. No podía hacer nada, mi cuerpo no respondía.

Logré pensar en algo para no desangrarme y morir. Pensé en mi aburrida vida y también en qué era esa niebla blanca, blanca, blanca, blanca...

lunes, 1 de noviembre de 2010

DOS HISTORIAS DE HALLOWEEN, POR ISABEL GONZALO DE 3º B ESO Y ANAÍS VACAS de 1º F ESO

¿Qué sería de Halloween sin máscaras y sin disfraces? ¿Qué sería sin muertos vivientes y sin historias de terror? ISABEL GONZALO nos trae una desde ultratumba, en la que aparece una casa del teror y la niña del exorcista.

Por su parte, ANAÍS VACA GARCÍA nos trae un cuento que tiene todo el encanto de los cuentos de hadas, en este caso transmutadas en brujas, zombis y esqueletos.

¿Estáis preparados para escuchar la voz de los muertos?





LA CASA DEL TERROR, por ISABEL GONZALO

Este fin de semana era ya Halloween y, por supuesto, había quedado con mis amigas para ir a la Casa del Terror que organizaba el Ayuntamiento todos los años.


Todas estábamos muy nerviosas porque, aunque nos lo pasábamos muy bien, al fin y al cabo era una casa del terror, y teníamos miedo, aunque luego se nos pasaba.
 

Ya por fin, llego la noche de Halloween. Estábamos todas en casa de Lucía disfrazándonos y pasándolo genial, cuando la madre de Lucía llamó a la puerta.

-Chicas, si no se van ya, llegaran tarde y se hará mucha cola.- Nos dijo.

-Ya vamos, mamá.-Le respondió Lucía.

Tras cerrar su madre la puerta, todas nos miramos y afirmamos con la cabeza, y después salimos por la puerta decididas a pasarlo genial.

Cogimos el autobús para ir a Madrid, exactamente a la plaza Mayor, y nos divertimos en el trayecto mirando los disfraces de los demás.


Cuando llegamos a la plaza, nos asombramos con lo que vimos. Era mucho mejor que otros años. La Casa del Terror era mucho más grande, y había mas gente disfrazada que otros años.

Inmediatamente nos dirigimos a ponernos en la cola, en la que ya había una hora por lo menos de espera, pero no nos importaba. Enseguida empezó a funcionar la casa, e iban entrando grupos variados, de tres, de cinco, de ocho personas…

Cada vez estábamos más cerca de entrar, y cada vez mas nerviosas.

-Chicas, ya nos queda poco...- dijo Andrea.

-Ya- la confirmé yo.


Veíamos entrar y entrar cada vez más gente en la Casa del Terror. Pero no veíamos salir a nadie, así que supusimos que la salida estaba por el otro lado.

Detrás de nosotros ya había como otra hora de cola, y nos alegramos de que la madre de Lucia nos avisara de que nos viniéramos a esa hora.

Al cabo de unos veinte minutos más esperando, estuvimos al fin delante de la puerta de la entrada a la casa.

-Vais a morir... - nos dijo el que nos recibía en la entrada.

Todas nos miramos con sonrisas forzadas, lo que me confirmó que todas estábamos muertas de miedo. Pero todas le seguimos, como si fuéramos unas valientes. Aunque la valentía se nos acabó nada mas entrar, porque salía gente disfrazada de todos los lados y nos gritaban y, claro está,, nos asustábamos y gritábamos más.

A los diez minutos de estar dentro haciendo el pasaje, que era mucho más largo que otros años, ya se podría decir que estábamos afónicas y muy, muy juntas por el miedo.

El guía nos dijo que ya faltaba poco para nuestro fin, y supusimos que era el final del pasaje, y aunque estábamos muertas de miedo sabía que luego lamentaríamos que se hubiera acabado. Pero todos los años acaba y sobrevivimos hasta el año siguiente con la historia del miedo que pasamos, así que, no nos importaba mucho tener que esperar otro año.

Ya por fin llegamos a la sala de la niña del exorcista.Esa era la sala que a mi me daba mas miedo, y a mis amigas más risa por mi cara. Pero es que no soportaba a esa niña en las películas.


Solo que este año no fue igual que el resto como supusimos.

Nada más entrar por la puerta, normalmente mis amigas seguían andando como si fueran por su casa y yo me abrazaba a alguna muerta de miedo.

Ójala nunca los hubiera abierto.


Todos los años la niña del exorcista estaba atada y escupía espuma por la boca, y este año la cama estaba vacía, las cuerdas rotas y la niña del exorcista estaba con un cuchillo encima de una montaña formada por las personas que habíamos visto entrar antes a la Casa del Terror.

Dimos un par de pasos atrás en silencio. Como estábamos afónicas tuvimos la suerte de que ninguna gritó. La niña parecía no notarnos, así que pensamos que teníamos alguna posibilidad de escapar.

!Qué equivocadas estábamos…!


Al girarnos nos dimos cuenta de que nadie había mirado  por dónde veníamos, y no encontrábamos la puerta. El guía había desaparecido, y la niña nos había visto. Había venido a una velocidad increíble delante de nosotras y nos había sonreído como si fuéramos amigas de toda la vida, solo que era una sonrisa diabólica.


Se podría decir que no la vimos venir… y al cabo de dos minutos estábamos en la montaña de gente…

Me di cuenta en el último minuto de mi vida que la casa del terror era una trampa, que el guía nos había avisado y no le habíamos creído, y que en realidad la casa no tenía salida.
Era tarde para darse cuenta, pero… mejor tarde que nunca…

Lucía, Andrea, Silvia, Paula y yo teníamos 15 años cuando nos mataron en la casa del terror. Llevábamos juntas 7 años, y era la primera vez que nos engañaban a todas.
Todas nos llevamos una última lección: Nunca te fíes de algo que está distinto a como siempre...



CUENTO DE HALLOWEEN, por ANÁIS VACAS

Érase una vez dos niños cogiendo caramelos en el bosque, Martín y Elena.  Supongo que querréis saber cómo han llegado hasta allí ¿no?


Bueno, pues lo sabréis.  
                   
Era la noche del 31 de Octubre (la noche de Halloween) y Elena y Martín iban de casa en casa pidiendo "tratos". Cuando llegaban a una casa ellos preguntaban:
 -¿Truco o trato?
La gente sonreía, contestaba ``trato ‘y echaba un puñado de caramelos en las calabazas de cada niño. Así hasta que lograron vaciar todos los caramelos que había en cada casa. Cuando llegaron a su casa estaban sorprendidos, los caramelos habían desaparecido.
Elena miro a su hermano y le preguntó:
-¿Qué ha pasado?
-No lo sé, quizás se hayan caído por el camino -contestó él.

-Vayamos a comprobarlo -contestó ella.

Los dos fueron a comprobarlo y vieron que había un rastro de caramelos que conducía al bosque.                     
– ¡Cojamos los caramelos mientras seguimos el rastro! -exclamó Martín. Mientras lo recogían le preguntó a su hermana:                                              
-No nos atraparan y nos encerrará una bruja como a Hansel y Grettel, ¿no?
-¡Claro que no, eso solo pasa en los cuentos!- contestó ella.
-¡Uf! Menos mal.-contestó él, y siguieron cogiendo los caramelos y siguiendo el rastro.
Al terminar de coger los caramelos, vieron que seguir aquel camino había merecido la pena. Se encontraron con una gigantesca ciudad llena de espíritus, zombis, esqueletos..., era algo parecido a un pasaje del terror pero en grande.
-Elena, mira, creo que están celebrando Halloween.
-Sí, es verdad.- contestó Elena.        
Los dos niños se acercaron a verlo. Por allí pasaba un fantasma y le preguntaron:
-¿Eres un fantasma de verdad?
-Sí, ¡ah! Y, por cierto, bienvenidos a la ciudad de Halloween.
- ¿La ciudad de Halloween? -contestaron los niños.
- Oh, qué despistado, no os lo he contado ¿no?
- No. -contestaron los niños.
-Todos los años atraemos a los niños con un rastro de caramelos, pero siempre salen corriendo asustados, por eso, ya no le dábamos demasiada importancia, pero ahora que vosotros estáis aquí, ¿querríais celebrar Halloween con nosotros? -preguntó el fantasma.
- ¡Claro! -contestaron los niños, y fueron a unirse a la fiesta.
Desde esa noche, cada 31 de Octubre, siempre iban allí a celebrar Halloween con ellos.

martes, 26 de octubre de 2010

SECRETOS DE LOS ALUMNOS DE 2º E ESO: RELATOS DE MARÍA MANSILLA, LORENA MONTESINO Y OSCAR NIETO

Secretos hay muchos y a veces un secreto puede salvar una vida o condenarla, puede traer la felicidad o la desgracia. En los relatos de MARÍA MANSILLA, LORENA MONTESINO y OSCAR NIETO  la sangre no llega al río, pero los secretos provocan unas situaciones realmente incómodas. Vamos a verlo.



"EL SECRETO DE SU TÍA" de MARÍA MANSILLA VILLORIA

Laura era una niña de ocho años que tenía mucho miedo de la oscuridad. Al apagarse la luz, todos las sombras le parecían terribles monstruos. Y aunque sus padres le explicaban que aquello no eran monstruos, ella seguía teniendo miedo.


Un día vino a su casa la tía Mary. Laura, con ganas de vencer el miedo, le preguntó a su tía si alguna vez había tenido miedo de la oscuridad. Le contestó:


-Muchísimas veces, Laura. Recuerdo que cuando era como tú tenía mucho miedo de la oscuridad. Te contaré un secreto, Laura. Quienes me enseñaron a no tener miedo de la oscuridad fueron unos niños ciegos.


-¿Es verdad? -dijo Laura- ¿Me cuentas ese secreto?


-!Claro! Como ellos no pueden ver, sus ojos son sus manos. Lo único que tienes que hacer para no tener miedo a la oscuridad es hacer lo mismo que ellos. Te propongo un trato: esta noche cuando vayas a dormir y apagues la luz, si hay algo que te dé miedo, cierra los ojos y trata de ver qué es, y mañana me lo cuentas.


Llegó la noche y laura se fue a dormir. Al poco rato, sintió miedo de una de las sombras dxe su habitación, y, haciendo caso del consejo de su tía Mary, cerró los ojos y con mucho valor fue a tocar aquella sombra.


A la mañana siguiente, Laura llegó corriendo a la cocina y dijo:


-!Ya no tengo miedo a la oscuridad!






"UN SECRETO", por LORENA MONTESINO REDONDO


Rocío estaba nerviosa por comenzar un nuevo curso en un nuevo colegio. Todos sus malos recuerdos quedarían atrás, conocería nueva gentes y haría nuevos amigos. Aquella mañana se levantó temprano, se metió en la ducha y luego se vistió. Se puso su ropa favorita y se peinó con el pelo recogidoe en una coleta. Desayunó y se fue con su mochila a la espalda.


Al llegar al colegio fue hasta Jefatura y preguntó dónde estaba el aula de 3ªB, su clase. Le informaron bastante bien y se puso en camino. Cuando llegó a su clase sólo había tres chicos. Se sentó en una silla y esperó a que llegaran los demás alumnos y la profesora.


Después de unos minutos, uno de los chicos se le acercó y le preguntó su nombre. Como se puso en el lado derecho, Rocío no le oyó. Él pensó que era una antipática y se marchó. Luego llegó la profesora y, poco a poco, los compañeros. La profesora habló sobre lo que harían ese año y Roció estuvo atenta en todo momento. Por eso no se dio cuenta de que el chico que antes se había molestado porque ella no le había respondido, estaba contándoles a los demás lo que había pasado. Todos pensaron que era una antìpática y en el recreo la estuvieron dando de lado todo el rato. Roció se sintió fatal y decidió que a la hora de la comida intentaría hablar con ellos.


Cuando sonó la campana que anunciaba la hora de la comida, todos los alumnos fueron al comedor. Cogieron las bandejas y se sirvieron entre ellos la comida. Rocío se sentó en una mesa y, cuando lo hizo, los demás comensales se callaron. Luego comenzaron a cuchichear en voz baja, pero a su izquierda alcanzó a oír que un tal Mario le había hablado y que ella no le había respondido. Decidio investigar quién era Mario y plantarle cara.


A la salida ya sabía quién era y decidió hablar con él. Mario le dijo que no hablaba con antipáticas y ella le explicó el por qué no le había contestado: el verano anterior la habían operado del oído y por el derecho no oía nada. Lo había querido mantener en secreto para que los demás no la vieran como un bicho raro, pero no le había salido bien.


El chicó lo comprendió y decidió ser su amigo. Para arreglar lo que había hecho, les dijo a todos que Rocío no le había oído porque estaba con los auriculares puestos, escuchando música, y él no se había dado cuenta. Fue una mentirijilla que sirvió para el inicio de una gran amistad.




"SECRETOS", por OSCAR NIETO CANTELAR


Os voy a contar un secreto . Este secreto lo he tenido guardado desde que era muy pequeño. No se lo he contado nunca a nadie, claro, porque es un secreto y si se cuenta a alquien ya no es un secreto.

Yo creo que todas las personas tenemos cosas escondidas que no contamos nunca, pero ha llegado el momento de contaros mi secreto: Cuando tenía cinco años me caí de un muro y me rompí un brazo. Yo le dije a mi madre que me había caído yo solo, pero no era verdad: me habían empujado y me tiraron. Me tiró una amiga, porque yo me estaba metiendo con su muñeca, que era horrorosa. Me dio un empujón y me caí. Mi amiga se asustó mucho y dijo que me había caído para que no la regañaran, porque en el fondo éramos amigos y los amigos nunca cuentan sus secretos.

Tengo otros secretos que no voy a contar, pero sí que os puedo decir un secreto que me contó un amigo. Cogió dinero a su madre sin que ella lo supiera y se fue a comprar chucherías y helados a la tienda del barrio. Luego nos invitó a todos los amigos. A mí me dio un helado, pero fue el helado que menos me ha gustado porque sabía que estaba mal lo que mi amigo había hecho. Nunca conté lo que pasó, pero quizá otro día os cuente más secretos

miércoles, 20 de octubre de 2010

3º B de ESO: VARIACIONES SOBRE UN RELATO DE JULIO CORTÁZAR


"Continuidad de los parques" es un magistral relato del escritor argentino Julio Cortázar. Pocos textos han sido más leídos, estudiados y diseccionados que este relato en que la lectura de una novela  se convierte en la muerte del personaje  lector cuando los personajes de la novela se escapan del libro. Si no conocéis este relato lo podéis leer en este enlace:




Los alumnos de 3ºB de ESO tuvieron que enfrentarse con este relato -como tarea obligatoria de clase, todo hay que decirlo- e imaginar posibles variaciones del mismo, sin perder de vista lo esencial: la mezcla de dos universos, el de la ficción que se presenta como tal y el de la ficción que se presenta como realidad. Aquí están algunas de sus obras. Todas tienen el mérito de haberse basado en el original de Cortázar sin copiarlo. No es poco.

RELATO DE JORGE LÓPEZ MORANTE


EL SECUESTRO

Seguía leyendo esa novela atentamente. Se encontraba en el capítulo nueve, titulado "Pobre Lucía".


Estaba sentado en un sillón negro. Eera un amplio salón con una gran estantería llena de libros y una gran mesa en medio. La ventana daba al parque cercano de su casa. Vivía en un bajo con su hija Lucía, que en ese momento estaba viendo las televisión en su habitación.


Estaba anocheciendo y reanudó la lectura.


Mark -que era el protagonista de la novela y el secuestrador- salió de su casa, dirigiéndose esa noche a la vivienda de su víctima para realizar un nuevo secuestro.


Se encontraba en el parque cercano a la vivienda de la chica. Se acercó a la casa, se asomó por una ventana y vio al padre sentado en un sillón negro leyendo una novela. Entonces se acercó a la ventana de la habitación de Lucía. Estaba abierta y Lucía se encontraba de espaldas a ella viendo la televisión.


Mark aprovechó esa distracción y se introdujo en la habitación de un salto. Cogío en sus brazos a Lucía y le tapó la boca. Al salir por la ventana la chica dio un chillido.


Al oír el chillido, el padre dejó la novela y salió corriendo hacia la habitación de su hija.


Cuando abrió la puerta de la habitación de Lucía la ventana estaba abierta, la televisión encendida y su hija...su hija no estaba.