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Este BLOG os pertenece, es vuestra puerta al mundo de la escritura, es decir al mundo de la vida. Podéis abrir la puerta con suavidad, sin apenas meter ruido. O podéis abrirla de forma escandalosa, llamando la atención de todos. Podéis entornarla un poco, o podéis abrirla de par en par. Cada uno tiene que encontrar su propia forma de llamar a esa puerta, de abrirla, de hablar con los que están dentro o con los que quedan fuera. Parece fácil, pero ese aprendizaje puede llevar toda la vida.
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miércoles, 26 de enero de 2011

CUENTA ATRÁS: CUARTA PARTE DEL RELATO DE MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, DE 4º A ESO

Si no hay dos sin tres, no hay tres sin cuatro... El boli de MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO ha trabajado todavía más ágilmente de lo que acostumbra y antes de que empezáramos a impacientarnos y a reclamarle insistentemente la cuarta parte de su historia, aquí nos la entrega fresca y trepidante. Con Brenda, Lucie y George recorremos febrilmente los túneles para escapar de la cuenta atrás mortal que nos amenaza. Lo has vuelto a conseguir, Marta, y van ya cuatro.



CUENTA ATRÁS, por MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO

-Brenda… ¿qué ha pasado? -dijo Lucie entre sollozos.
No contesté, estaba demasiado concentrada en forzar la cerradura con una horquilla del pelo. George daba vueltas por la habitación, colocándose su gorro cada dos por tres. El sonido de sus pasos nerviosos vagaba por toda la habitación, haciendo la situación más desesperante de lo que ya era. Con la punta de la horquilla, encontré el punto exacto donde tenía que empujar para forzar la cerradura.
-Vamos, vamos…
Lucie se levantó y se colocó detrás de mí, observando como intentaba forzar la cerradura. Empujé un poco la horquilla. Podía notar como la cerradura estaba comenzando a ceder lentamente. Sólo le quedaba un último empujón cuando la horquilla se rompió, dejando la cerradura más inaccesible todavía.
-Oh, mierda… -murmuré.
Los nervios estaban comenzando a apoderarse de mí. Sólo llevaba cinco minutos escasos encerrada en aquella habitación y ya estaba empezando a pensar en modos descabellados de escaparme de allí. Mi mano, inconscientemente, se dirigió al bolsillo interior de mi abrigo. Tal vez si…
-Brenda, escucha…
Lucie colocó una de sus manos en mi hombro, como si supiese que se me acababa de ocurrir una locura. Pero, a pesar de que era una locura, no había otra manera de evitar que la bomba que había puesto Brian fuese la que acabase conmigo. Cogí la pistola y, con manos temblorosas, quité el seguro. George se abalanzó sobre mí, alarmado por el sonido del arma. Lucie, tapándose la boca, gritó:
-¡Brenda!
-Apartaos -dije.
-No voy a dejar que cometas ninguna locura -dijo George.
-¡Que te apartes! -grité, apuntándole con el arma.
George levantó las manos y, cautelosamente, se apartó. Le hizo un gesto a Lucie para que se colocase detrás de él. Me di la vuelta y, lentamente, posé el dedo sobre el gatillo. Apunté… Disparé. El ruido que produjo el arma envolvió la habitación, cubriendo por completo el grito de Lucie. Comprobé que, efectivamente, había conseguido abrir la puerta reventando la cerradura.
-Vamos -les apremié.
Ellos se miraron con una mezcla de felicidad y confusión, cómo si un milagro acabase de ocurrir en aquella habitación. Acto seguido, se abrazaron, llorando de felicidad. Eran más empalagosos…
-¡Venga! ¡Tenéis una bomba detrás de vosotros! -les dije.
Comencé a correr por los túneles del tren, buscando desesperadamente nuestra salvación. Detrás de mí, podía oír la entrecortada respiración de mi hermana acompañada de la de George, que era mucho más fuerte. Sentía la fatiga sobre mi cuerpo, notaba como poco a poco la velocidad de mis pasos se iba reduciendo, pero no podía permitirme parar ya que quedaba poco para que la bomba explotase.
-¡LUZ! -gritó Lucie, emocionada.
Dicho esto, gracias al pequeño despiste que tuvo al ver la luz, tropezó y cayó sobre las vías. Paré bruscamente y, al mirar, vi su brazo derecho ensangrentado. Se apoyó con el brazo bueno en George para levantarse, pero una de sus piernas también había sufrido daño y volvió a caer al suelo.
-¿Puedes llevarla en brazos? -le dije a George.
Éste asintió, cogiéndola como si de su noche de bodas se tratase. Lucie apoyó su brazo herido en la tripa, manchándose toda la ropa de sangre.
-No te preocupes -dije, acariciándola-. Ya queda poco, muy poco…
Ella asintió, derramando algunas lágrimas. Continuamos, a menor ritmo, por el túnel. En un par de minutos, nos encontrábamos en el andén de la estación. Miré mi reloj, a penas quedaban cinco minutos para la explosión. Nos apresuramos subiendo las escaleras de la estación. Al llegar a la salida y levantar la vista al cielo, vi millones de fuegos artificiales inundar el cielo. La gente disfrutaba de la fiesta, bailando y cantando como locos.
-¡Eh! ¡Vosotros!
Me giré rápidamente y, tirado en el suelo, vi al chaval de la banda de Brian, al jovencito. Me agaché y, violentamente, apoyé el cañón de la pistola en su sien. Nadie en la plaza lo advirtió, ya que estaban demasiado entretenidos en emborracharse y continuar con la fiesta.
-¡No dispares! Estamos en el mismo barco, lo juro -sollozó.
Lentamente, cogió su navaja azul y me la dio. Acto seguido, se tapó los ojos y lloró, pronunciando palabras de las que no llegué a comprender mayoría.
-Yo… ellos abandona… abandonaron… ¡Ah! Me lla… llamo Andrés… ayuda…
Miré de nuevo mi reloj y me di cuenta de que debíamos apartarnos de la entrada de la estación inmediatamente. Cogí la navaja del chaval y la guardé junto a mi pistola. Le ayudé a levantarse y, rápidamente, con George y mi hermana detrás de nosotros, nos apartamos de la estación. Cuando nos encontrábamos a diez metros escasos de la entrada, la bomba estalló.
La gente, horrorizada, cambió sus gritos de alegría por los de miedo y comenzó a correr hacia las salidas de la plaza, para ponerse a salvo. El fuego que había en la estación, estaba comenzando a expandirse. Había mucha gente herida y algunos ya habían sucumbido a las llamas. Andrés me agarró con fuerza y me señaló una de las salidas de la plaza.
Al llegar allí, un chico corrió hacia nosotros.
-Es mi hermano Héctor -nos explicó Andrés.
-¿Necesitáis ayuda? -nos preguntó.
-Un hospital -contestó George torpemente.
Héctor miró a mi hermana horrorizado y nos hizo señas para que le siguiésemos. Nos condujo hacia una gran furgoneta morada y dijo:
-Os llevaré a un hospital.
George entró en la furgoneta sin soltar a Lucie, la cual gemía a causa del dolor. Andrés entró tras ellos. Yo me acerqué a Héctor y dije:
-Gracias.
Éste me sonrió y me indicó que me sentase a su lado. A pesar de que acabábamos de huir de una pesadilla, tenía la sensación de que acabábamos de meternos en otra aún peor. Y en esta nueva pesadilla… me sentía muy sola.

viernes, 14 de enero de 2011

LA HABITACIÓN BLANCA: TERCERA PARTE DEL RELATO DE MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, DE 4º A ESO

Siempre ocurre lo mismo con lo que uno aguarda ansiosamente: cuando al fin  llega, se alcanza la felicidad de tenerlo, pero se termina la ilusión de esperarlo. Eso nos pasa con la tercera parte del relato de MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, aunque colma las expectativas que la autora había despertado. Pero afortunadamente el relato todavía no ha concluido, así que de nuevo esperamos con ilusión  renovada una cuarta parte.


LA HABITACIÓN BLANCA, por MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO

-Ah… -mascullé.
La potente luz blanca me cegaba y me obligaba a cerrar los ojos. En los segundos que duró mi ceguera, me centré en escuchar. No se oía absolutamente nada, ni siquiera el ruido del vuelo de una mosca. Aun así, percibí instantáneamente el fuerte olor a tabaco mezclado con el de la menta.
-Brian… -predije.
Abrí los ojos y lo que viI me horrorizó. Nos encontrábamos en la entrada de una pequeña habitación, iluminada con varios fluorescentes. El suelo estaba formado por varias baldosas blancas que estaban sucias y rotas. Las paredes, en alguna parte del pasado blancas, presentaban una gran suciedad. Al fondo de la habitación había una mesa con mucha maquinaria y un gran sillón negro. En el centro de la habitación, como una vulgar muñeca, yacía inmóvil Lucie.
-Lucie… -dije sin aliento.
Al fin, después de más de media hora buscando por túneles mal iluminados, la encontré. Sentía euforia por haberla encontrado, pero ésta fue cubierta por otros sentimientos como el miedo o el odio. Miedo de que le hubiese pasado algo a Lucie, de que ya fuera demasiado tarde. Odio hacia mí misma por no haber podido llegar antes y quizá haberla encontrado consciente… viva.
-¡Lucie! -gritó George.
En un acto reflejo, me interpuse entre mi hermana y George. El porqué, no lo sé, solo recuerdo que en ese momento yo respiraba agitadamente y que por las mejillas de George corrían algunas lágrimas, brillantes y cristalinas. George, aquél maldito descerebrado, el típico graciosillo que la mayor parte de personas odian, el tipo duro que nunca lloraba ni se daba por vencido… se había derrumbado totalmente delante de mí. Yo permanecí impasible, con los brazos levantados en señal de prohibición.
-Vaya, vaya -dijo una potente voz detrás de George-. Sigues siendo una desalmada por lo que veo.
La ira comenzó a correr por mis venas bruscamente, sin que yo quisiera.
-¡Brian! -grité.
Cuando quise darme cuenta, había avanzado hasta Brian y había adquirido una posición de ataque. Mi puño derecho, fuertemente apretado, avanzó rápidamente hacia el estómago de aquel hombre que se encontraba detrás de George. Él, habilidosamente, lo paró con su mano.
-Vaya, aún recuerdas mi nombre… creí que te habrías olvidado de mí -dijo el hombre, con una media sonrisa en sus labios-. Olvidar lo que nos interesa olvidar es conveniente, ¿me equivoco?
Su áspera mano apresó fuertemente mi muñeca, haciéndome daño. Forcejeé inútilmente, ya que él era más fuerte que yo.
-¿Qué hacéis aquí en Nochevieja? -preguntó divertido-. ¿Una fiesta? Porque me gustan las fiestas.
Brian me empujó y yo caí al suelo, justo al lado de Lucie. Él rió escandalosamente a la vez que daba dos pasos hacia delante. Detrás de él, aparecieron cuatro hombres de distintas edades. Al más joven de ellos le calculaba unos quince años. Tenía la cabeza gacha y llevaba una navaja, de mango y funda azules, en sus manos. A mi izquierda, George cerraba los puños con rabia. Antes de que hiciese alguna tontería, agarré una de sus manos y me levanté, obligándole a ponerse detrás de mí.
-Brenda, Brenda, Brenda… -dijo Brian-. Me encantaría quedarme a charlar contigo, ya sabes, contar viejas anécdotas y batallitas, pero tengo poco tiempo así que… me limitaré a explicarte lo que pasará esta noche…
-¿Esta noche? -dijo George.
-Si -le contestó Brian.
George, preocupado, se agachó y agarró delicadamente la mano de Lucie. Brian le miró con desprecio, con un gesto de asco en los labios.
-Amor, ¿eh? -dijo-. No sirve para nada, sólo para herir.
Un rastro de nostalgia, que fue rápidamente disimulado, apareció en su cara. El chaval, de pie en una esquina de la habitación, levantó la cabeza y miró a George, el cual mecía cariñosamente a Lucie, arropándola con sus grandes brazos. Sus tormentosos ojos grises parecían enturbiarse por momentos al contemplar a la pareja.
-A lo que iba -dijo Brian, recuperando su sonrisa-. Esta noche es tu fin, Brenda Morrison.
-No pienso dejarme ganar por alguien como tú -dije, poniéndome a la defensiva.
Brian rió con socarronería.
-¿Piensas en pelear contra mí? -dijo-. Siento decirte que yo no pegaría jamás a una chica y eso… me pone en desventaja. Tengo un plan mejor.
El chaval, empujado por los otros tres hombres, salió de la habitación. Parecía que habían ensayado el momento. Brian sacó un mando a distancia de su bolsillo y presionó el único botón que había en él. Dio unos pasos hacia atrás, hasta colocarse en la puerta.
-La bomba que hay detrás de ti estallará dentro de treinta minutos dejándote fuera de combate -dijo-. A ti y a toda la gente que hay en la ciudad celebrando como locos la Nochevieja. Felices sueños.
Dicho esto, salió rápidamente y cerró la puerta con llave. Corrí hacia la puerta y la golpeé varias veces con todas mis fuerzas, en un intento desesperado de abrirla.
-¡Brian! ¡Brian! ¡Abre la puerta, por favor! -grité-. ¡BRIAN!
-¿D… dónde estoy? ¿Quién es Brian?
A mi espalda, Lucie se había incorporado y miraba asustada a todas partes, sin abandonar el regazo de George. Mientras tanto, los grandes números del reloj de la bomba descendían rápidamente.

domingo, 26 de diciembre de 2010

TÚNELES, VÍAS Y LABERINTOS: SEGUNDA PARTE DEL RELATO DE MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, DE 4º A ESO

Nos gusta seguir los pasos como escritora de MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO (Ver la entrada "Amarga Navidad" de 30 de noviembre) y al hacerlo seguimos  los pasos de Brenda y George  por los túneles ferroviarios de su relato, en los que la oscuridad y un silencio ominoso, que no consiguen acallar las crispadas conversaciones de los protagonistas, nos producen un tenso desasosiego. Al final la luz cegadora nos sobresalta, pero no sabemos si es el fin de la amenaza que se cierne sobre ellos o el anuncio de un peligro inesperado y quizá mortal.  MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO domina el noble y difícil arte del relato por entregas  y nos deja sabiamente colgados en el momento más inoportunamente oportuno. Continuará.



TÚNELES, VÍAS Y LABERINTOS, por MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO

El tacto gélido del gatillo de la pistola me ponía la carne de gallina, me erizaba los pelos de la nuca. Intentaba moverme con sigilo a pesar de que el frío hacía que mis movimientos fueran más torpes. Estaba bastante tensa, ya que en cualquier parte de aquel largo túnel estaba mi hermana, Lucie.

Lucie era… muy joven. Tenía apenas dieciocho años, su cara era aún de niña pequeña. Tenía unos ojos muy grandes y de color azul, del color que el cielo tiene en un bonito y despejado día primaveral. Su pelo era exactamente igual al mío: largo y ondulado, de un negro como el del ébano, y con una brillante mecha rosa al lado derecho. Siempre llevaba con ella una tobillera plateada de la que colgaban mi nombre y el de George. Recuerdo haberle pedido una vez que pusiese mi nombre y el de George en tobilleras distintas, su respuesta me impactó bastante: “Pongo vuestros nombres juntos con la esperanza de que algún día os llevéis bien… porque sois las personas a las que más quiero en el mundo.”
Pero aquél no sería el día en que la relación que teníamos George y yo mejorase. Por su culpa esa Navidad iba a ser la más horrible de la vida de Lucie… y de la mía. Cada vez me planteaba más la idea de que George había nacido para fastidiarnos a mí y a mi hermana.
-¿Brenda?
-¿Qué quieres? -contesté.
-¿No tienes miedo?
Chisté. George era estúpido hasta decir basta, no le aguantaba.
-No -dije.
-Pero… te noto algo tensa.
-Que esté tensa no quiere decir que tenga miedo.
-Pues yo tengo miedo.
-Bien por ti.
En la oscuridad, los pasos de George cesaron. Seguramente esperaba a que yo me girase y le dijese en tono cansino que qué narices le pasaba, pero no lo hice, y al cabo de diez segundos sus pasos comenzaron a sonar otra vez en la oscuridad de los túneles, apresurándose para alcanzarme. El chaval era así de simple.
-¿Por qué eres así? -me dijo.
-¿Así cómo?
-¡Así de borde! -gritó.
Me giré rápidamente y le agarré el cuello de la camiseta.
-Soy así de borde porque tú eres así de estúpido -dije-. Y, por si no te has dado cuenta, estoy intentando que no nos descubran. Cállate de una vez.
Me di la vuelta y levanté el arma de nuevo. Suspiré y continué andando, haciendo como que George no estaba presente. Conté hasta diez cerca de cinco veces, respirando muy hondo, pero eso no surtía efecto en mí: seguía tensa y enfadada por culpa de él. Al ir caminando detrás de mi, no podía ver que hacía, pero me imaginé que, como siempre, se estaría colocando bien su gorro negro. Ahora que estaba callado, me centré en escuchar atentamente. Intenté descubrir algún sonido que revelase la presencia de gente en aquellos oscuros túneles. Estaba totalmente segura de que ellos estaban aquí, esa banda de criminales. La policía de varios países llevaba bastante tiempo tras ellos así que no tuve más que mirar en los archivos de mi jefe para informarme bien de quiénes formaban la banda. Y, con ayuda de esos archivos y del idiota de George, conseguí llegar hasta aquí. Pero George decidió seguirme en un “acto heroico” por Lucie. En mi opinión hubiese sido más heroico que se hubiese quedado en casa y me hubiese dejado a mí arreglarlo todo.
De repente, oí cómo alguien arrugaba el envoltorio de algún tipo de golosina. Su proximidad me asustó, estaba justo detrás de nosotros… o mejor dicho, de mí.
-¿Tienes que comer ahora? -dije incrédula-. ¿Es que Lucie no te preocupa?
-Tengo hambre -alegó.
-Me da igual que tengas hambre, George. Nos van a descubrir. ¿Es que no tienes bastante con haber dejado que rapten a mi hermana?
-Llevo doce horas sin comer. Déjame en paz.
-No, no te dejo. Estás destrozando nuestras vidas.
-Eres increíble, Brenda -dijo, visiblemente ofendido.
-Eso te lo tendría que decir yo a ti, George. Por tu culpa estamos aquí, por aquella borrachera que te pillaste…
-¡No me emborraché! ¡Ellos me drogaron para distraer mi atención y raptarla!
-¡Claro, George! ¡¿Y estás esperando a que yo me crea eso?! ¡Esto no es una película!
-¡Me drogaron! ¡¡Es cierto!!
-¡NO GRITES!
-¡NO GRITES TÚ!
La ira corría por mis venas, haciendo que apretase los puños con fuerza, lo que provocó que, sin darme cuenta, disparase al suelo. Me asusté con el ruido sordo que provocó la pistola al disparar.
-Oh, mierda… -me lamenté.
-Eso, sigue quejándote, es lo único que sabes hacer -me recriminó.
Detrás de George vi como, lentamente, se abría una puerta. Una potente luz blanca, que me cegó por un instante, salió a recibirnos. La tensión en mi cuerpo comenzó a ser mayor, ya que no se oía ni un solo murmullo detrás de aquella luz. George me miró aterrado. Posé una mano en su hombro a la vez que le decía:
-Bien hecho, George, nos han descubierto.
Y, con pasos decididos, caminé hacia la luz de aquella puerta.

martes, 30 de noviembre de 2010

LA VISIÓN AMARGA DE LA NAVIDAD DE MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, DE 4º A ESO

En estos desapacibles días otoñales en que ya se ha colado hasta los huesos el frío del invierno, la Navidad se acerca imparable a pasos agigantados. Primero se insinuó en las estanterías  de las tiendas, donde ya los turrones y mazapanes han invadido el espacio disponible; luego aparecieron  los juguetes reclamando la atención de los niños y el nerviosismo de  los mayores; poco queda para que hagan su entrada triunfal los villancicos,  cuya música a veces pegadiza y con frecuencia ramplona nos perseguirá entre compras y fiestas, en todas partes y a todas las horas del día y de la noche. 

Si entre tanto disparate consumista y tanta alegría planificada y publicitaria hay tiempo para la espiritualidad, sea la que sea, y para el recogimiento, es una díficil pregunta que tendrá que responder cada uno de nosotros. Nos quedan, por fortuna, las vacaciones y quizá el consuelo reparador de algún premio de la lotería. Nadie le hará ascos si viene.

Pero no es de esa Navidad de la que nos habla el relato de MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO, o mejor dicho, sí nos habla de ella,  pero como un telón de fondo ante el que sitúa una acción difícil de enmarcar en un género definido, aunque la pistola que enarbola la narradora protagonista permitiría clasificar la historia en el ámbito de la  la "novela negra". Se nos ocultan hechos y motivaciones, o sólo los conocemos a medias por el comportamiento o las palabras de los personajes. El relato, pleno de lo que se denomina "atmósfera", más que inacabado, queda abierto para que el lector lo desarrolle en su imaginación. 



AMARGA NAVIDAD, por MARTA HERNÁNDEZ HIDALGO

Me abroché el botón más alto de mi abrigo. Las calles de Madrid estaban repletas de gente sonriente y feliz, las luces de Navidad brillaban más que nunca...y hacía un frío horrible. La Navidad, en realidad, siempre me ha gustado, pero aquella noche la detestaba. Iba en busca de algo...de alguien, pero la Navidad me lo impedía. Sus luces brillando por todo Madrid me cegaban y no distinguía bien los rostros de las personas. Y además tanta gente me agobiaba y no me dejaba pensar con claridad. El frío, con sus arrogantes manos, comenzaba a tocar cada uno de los huesos de mi cuerpo.  

Caminé más rápido, puesto que necesitaba estar en la Puerta del Sol a medianoche. Seguí buscando entre los rostros de las personas. El rostro que yo buscaba era moreno, con algo de barba, y con unos grandes ojos castaños que quizá reflejasen la tristeza y el miedo a la pérdida. Pero entre la gente sólo encontraba rostros felices, llenos de alegría. "La vida es injusta", pensé. Que hubiese tanta gente feliz mientras que yo estaba en ese estado de inquietud, verdaderamente no era justo. Pero la vida es dura y hay que afrontarla con la cabeza bien alta. ¿Cómo, si no, habría llegado hasta este punto?

Mis pasos, poco a poco, me estaban llevando a mi destino. Me levanté la manga del abrigo y miré el reloj plateado que Lucie, mi hermana pequeña, me regaló. Las doce menos cinco. Debía darme toda la prisa del mundo, así que empecé a correr. Me recordé a mi misma que esto lo hacía por Lucie, porque quería un futuro mejor para ella. Él era el peor error que ella había cometido en su vida y lo estaba pagando muy caro. Lucie, esos alegres ojos azules, esos sonrosados labios siempre curvados, esa mecha rosa en su pelo negro... inocencia pura que había sido mancillada. Al fin llegué a la Puerta del Sol. Había muchísima gente pero me esforcé por situarme justo debajo del gran reloj, que marcaba que faltaban dos minutos para que dieran las doce. y ahí lo vi, aquel rostro moreno y aquellos ojos tristes. Al percatarse de mi presencia se acercó a mi.

- Brenda, yo...

-¡Cállate, idiota!

Le di un puñetazo. Él cayó al suelo y me miró sin miedo, demostrando que aquel puñetazo le daba igual. Se colocó bien su gorro negro y se levantó del suelo.

-Pégame, tienes derecho a hacerlo.

Le pegué otro puñetazo. Esta vez él mantuvo el equilibrio. Me abalancé sobre él y levanté mi puño derecho mientras que con la otra mano le sujeté el cuello de la camiseta.

-¡Eres lo peor del mundo!- grité.

Le pegué otra vez. Era consciente de que todo el mundo nos miraba, pero me daba igual. En ese momento sólo quería vengar a Lucie.

-Escúchame - dijo-. Sé que la he cagado, pero, por favor, escúchame.

Levanté mi puño dispuesta a pegarle otra vez.

- Por favor - me dijo, muy serio.

Bajé la mano y retrocedí dos pasos.

-¿Qué? - dije.

Se volvió a colocar el gorro. Una gran cicatriz recorría su ojo izquierdo. Cuando lo conocí, hacía ya dos años, ya la tenía. Siempre había sido un chico repugnante, pero en ese momento, con esa mirada llena de tristeza, me repugnaba aún más. Se colocó lentamente el cuello de su camiseta  y trató de limpiar la parte trasera de su gabardina gris.

-La protegí, lo juro -dijo-. Pero ellos me la arrebataron. Hice todo lo que estuvo en mi mano y seguiré haciéndolo para recuperarlo. Lucie es todo lo que tengo.

Levanté mi puño de nuevo, pero él lo agarró a tiempo.

-¡Suéltame! -dije-. ¡Lucie nunca fue tuya y nunca lo será!

El reloj dió las doce y las campanadas sonaron atronadoras. Fue un sonido horrible, fue el sonido de las puertas del infierno, fue el sonido de que se estaba agotando el tiempo. Me giré y corrí hacia el centro de la plaza, empujando a todo el mundo que se interponía en mi camino. Él me seguía de cerca, gritando mi nombre incansablemente.

Corrí hacia las escaleras del tren y las bajé de tres en tres. En la puerta de la estación había un cartel en el que ponía "cerrado" pero, aún así, pasé. Corrí  por los largos pasillos y salté las máquinas de la estación hasta llegar al andén. Una vez allí, saqué una pistola de mi bota y apuntando cautelosamente al aire, caminé por el andén. Puse toda mi atención en que no me atacasen de improviso. Avancé por el andén hasta llegar al final de éste. De repente oí una agitada respiración detrás de mí y, asustada, me giré y apunté con la pistola.

-¡George, estúpido! - grité - ¿Te importaría no darme esos sustos?

George, como siempre, se colocó su gorro negro y asintió lentamente.

- ¿Y tú a mí? - dijo -. Te recuerdo que eres tú la que me está apuntando con una pistola.

Bajé la pistola. Con la luz de la estación, pude ver con claridad que su gabardina gris estaba llena de manchas. En su cara se reflejaba la consecuencia de estar largas noches sin dormir. Se agachó y se ató bien sus botas negras.

- ¿Por qué me sigues? -le pregunté tajantemente.

- Porque quiero a Lucie. La amo con locura. Quiero casarme con ella.

Chisté con fastidio. ¿Por qué el tio más idiota del mundo tenía que ser el que fastidiase mi vida y la de mi hermana? Continué caminando, con la pistola en alto. George me seguía muy de cerca, lo que me incomodaba en grado máximo. Al llegar al final del andén, salté a la vía y continué caminando.

-¿Qué te crees que estás haciendo? - dijo George.

Decidí no contestarle. Semejante idiota no se merecía ni que le dejase acompañarme a buscar lo que él había perdido.

martes, 9 de noviembre de 2010

¿VALE LA PENA SABER?: UNA REFLEXIÓN DE IRIS SÁNCHEZ CARRIÓN, DE 4ºA ESO

Ser un ser humano dotado de conciencia y razón, del ansia y de la voluntad de conocer, es al mismo tiempo un privilegio y una condena, porque el conocimiento suele ser un arma  inagotable de dominio y de poder sobre los seres irracionales, y también sobre los otros seres humanos, pero supone al mismo tiempo una fuente inagotable de infelicidad y de desdicha. Sobre estas y otras cuestiones reflexiona IRIS SÁNCHEZ CARRIÓN, y sus pensamientos le traen a uno a la memoria aquellos terribles versos de Rubén Darío en "Lo fatal":
"Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente."

Todos los días, en mis ratos libres, me cuestiono una serie de pensamientos y he llegado a una dudosa reflexión:

Esta vida sería mejor si fuésemos animales irracionales para no pensar, no sentir e, incluso,  no tener memoria. Veo a mis dos mascotas tan felices, sin razón de ser ni de existir, que en muchas ocasiones me dan envidia.

Con el paso de los años, que no son muchos, he aprendido que hay cosas que es mejor no aprender y no saber. Saber mucho puede ser un arma muy destructiva para uno mismo:  te hace sufrir y, en muchas ocasiones, acaba incluso contigo. ¿Para qué saber hechos que van a doler? Creo que es porque a los que llamamos personas o seres humanos nos gusta sufrir.

Desde que el hombre es hombre siempre ha tenido el ansia de saber más y más, pero tener más conocimientos nos ha llevado al punto en que estamos ahora. Dicen que el hombre es hombre por sedr racional y tener capacidad para sentir y aprender, pero yo, un sujeto más de esta sociedad, pongo en duda todo eso. ¿El hombre es un ser racional cuando roba, mata, viola y un montón de horrores más?

 La naturaleza y la evolución muchas veces han fallado. La naturaleza cometió un gran error al crear a un ser destructor, egoista, asesino, capaz de todos esos crímenes que escuchamos  y vemos a diario  por la radio y la televisión.

Esto es solo una pequeña muestra de esa reflexión, así que vuelvo al principio: me encanta aprender cosas nuevas, ser cada día más culta e inteligente, pero cuanto más aprendo más caótico me parece este mundo de locos.

lunes, 18 de octubre de 2010

POESÍA URBANA DE JUAN PEDRO GARCÍA, DE 4º A ESO

Aunque para la mayoría, en España y en otros países, el HIP HOP se identifica con una simple tribu urbana, formada por un conjunto bastante anárquico de jóvenes marginales, para otros muchos es uno de los movimientos artísticos más renovadores, que ha dado ya grandes nombres en el mundo de la música y de las artes plásticas, sobre todo en EE.UU. Sus manifiestaciones callejeras -el grafitti entre otras- pueden resultar polémicas, pero el HIP HOP se ha ido ganando el respeto de audiencias cada vez más amplias, y aunque eso le ha supuesto muchas veces una comercialización que lo ha desnaturalizado a los ojos de los más puristas, por otro lado ha ganado audiencia e influencia.

JUAN PEDRO GARCÍA no es sólo un seguidor del HIP HOP, es también un poeta urbano con muchas cosas que decir y con un mundo propio que lucha por salir en unos versos a veces duros, a veces provocadores, siempre llenos de sentimiento. Aquí nos da una muestra de su sentir y de su decir.


Con orgullo y con honor digo que no soy campeón;
de nada, monada, no me entres que sales mal parada,
Filosófico de calle, pero poeta de papel,
estoy loco y digo mucho con decirte poco.
Ven y ya verás quién se ha subido en este tren:
gente simple, gente de calle, gente de a pie.
Son 3 las veces que he sobrepasado el canon,
desde el 2008 al 10 de mi presencia se enteraron.
Ponte las botas, tío, que aquí fuera hace frio,
tras movidas y mil líos yo ya de nadie me fio.
Ríos de ignorancia convertidos en tendencias,
qué paciencia mal gastada para no usar la violencia.
Violencia es el legado que dejan, es el mensaje,
en este mundo de gente con traje o gente al margen,
en este mundo gobernao por huevos y coraje
me refugio en el hip hop, mi arte, la que me place.
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Este track va lento pero el mundo no te espera,
pocos me respetan y es que el resto me la pela.
No hay mala persona, hay personas equivocadas,
desconfía, pero confía en que no veas nada.
Siempre el mismo rollo soltao por un inocente:
solo hay gente que lucha por otra gente o por el verde.
Siente todo lo que has hecho como una intro
de experiencias personales al inicio del camino.
Siento lo que escribo con cabeza y corazón;
solo amor por lo que hago me dará la redención.
Y es que, claro, nada es barato, aquí todo es caro.
Gobierna la pasta ante las personas y ¿no es raro?
Estamos, acostumbrados a que el rico abuse
y ante cruces confesamos que impagos apagan luces.
Basta ya de mierdas, basta ya de pisoteos;
¿El bien y el mal? ¡¡¡En eso ya no creo!!!


viernes, 15 de octubre de 2010

TRES POEMAS DE ELENA HERNANDO FERNÁNDEZ, 4º A ESO

El estudio de la Historia de la Literatura constituye no solo una oportunidad para conocer nuestros autores y  sus obras, sino que también nos permite aprender técnicas y procedimientos de todo tipo -narrativos, poéticos, etc.- para escribir las nuestras. La imitación por sí misma no es mala; la imitación de los mejores es, naturalmente, mejor que la de los mediocres.  La imitación solo es negativa cuando se convierte en una copia descarada, que impide que se manifieste la propia creatividad. Sirvan estas palabras para presentar tres poemas de nuestra compañera ELENA HERNANDO FERNÁNDEZ,  que demuestra, sin lugar a dudas, que ha aprendido muy bien lo que es un soneto, una décima y una cuaderna vía. A Elena le ha correspondido inaugurar con sus sentidos versos  nuestro BLOG "Escritores de La Serna".


SONETO


La amistad es algo muy especial.
Si tienes un amigo a tu lado
eres realmente afortunado,
te aseguro que nada irá mal.


Cuando pierdes a un verdadero amigo
te llenas de una inmensa tristeza
y solo escuchas en tu cabeza
"qué completo idiota he sido".


Hay esperanzas de que te perdone,
pero tienes que ser muy sincero
y decirle que estás arrepentido.


Ojalá que nunca me abandone,
porque sé lo mucho que le quiero
y nunca le haré algo parecido.





DÉCIMA

¿Qué es? ¿Qué es la muerte?
Ya no puedes respirar,
crees que te vas a ahogar,
se te acabó la suerte.
Ya nunca más podrán verte,
tu corazón deja de latir.
Ya nada te hace sufrir,
tu vida ha acabado
y ya te has olvidado
de lo que sientes al vivir.








CUADERNA VÍA

Cuando alguien te comprende y te quiere de verdad,
no te olvida, no te miente y te guarda lealtad.
Te ayuda y hace que tus sueños se hagan realidad.
A eso yo le llamo verdadera amistad.